Aguilar y Oyarzun: "Conde Duque necesita ser habitado y convertirse en una plaza pública" | Somos Malasaña

Aguilar y Oyarzun: “Conde Duque necesita ser habitado y convertirse en una plaza pública”

Los nuevos codirectores de Conde Duque han convertido el centro cultural en un lugar de creación, producción y exhibición artística. Una maquinaria cada vez mejor engrasada que aspira a convertirse en uno de los epicentros culturales de Madrid

Miguel Oyarzun e Isla Aguilar, durante la presentación de la nueva temporada de Conde Duque | AYUNTAMIENTO DE MADRID

Una pequeña revolución se gesta en el Conde Duque desde hace meses. El centro cultural ha pasado de ser un lugar encorsetado, a veces anodino como un ministerio, en el que se programaban obras de teatro, exposiciones y algún concierto… para empezar a tener vida propia. Se nota en detalles como el verde de las plantas que asoma por las esquinas y salas, pero también en el público (cada vez más joven) que acude con más frecuencia para ver qué propuesta le sorprenderá esta semana, si será un teatro convertido en una cueva oscura o una visita guiada, auriculares en mano, por pasillos insospechados.

La culpa de este despertar la tienen Isla Aguilar y Miguel Oyarzun, los nuevos codirectores que desde hace un año gestionan una de las joyas culturales del Ayuntamiento de Madrid. Un puesto al que llegaron por concurso cuando vivían en Inglaterra, a donde emigraron hace 12 años para desarrollar su carrera en el mundo de las artes. Allí habían fundado el exitoso BE Festival en Birmingham, además de desarrollar producciones teatrales. Y la convocatoria pública a la dirección de varios centros culturales en Madrid les llegó justo cuando buscaban oportunidades en España, lugar al que querían volver para ver crecer a su hijo en su país de origen.

“Si hay oportunidad, es ahora o nunca, nos dijimos”, recuerda Isla a Somos Malasaña, periódico que tiene por costumbre entrevistar a los directores del Conde Duque. La apuesta salió bien: hace un año asumían la dirección del centro, que dejaba Concha Hernández, su predecesora. Aunque hasta septiembre del pasado año no empezaron a desarrollar su programa de actividades. Su proyecto fue el preferido entre los otros 31 que se presentaron. El jurado del concurso lo calificó de “ilusionante, con vocación de servicio púbico y apertura a la ciudadanía y a los creadores”.

Lo de la “apertura”, que entonces pintaba solo como una intención, ha sido literal. En poco tiempo se han abierto espacios que ni ellos mismos conocían antes de llegar al centro: lugares como la Sala de Bóvedas o cúspides como El Torreón, donde programan actividades para 40 personas con unas impresionantes vistas. También el callejón de Las Negras, que discurre a lo largo de la tapia del Palacio de Liria, o su último descubrimiento, El Muro (las escaleras de bajada en el Patio Sur), que servirá como lienzo artístico para creaciones visuales y sonoras.

El torreón de Conde Duque, durante una actividad

“Conde Duque alberga espacios únicos, que tienen que ser descubiertos por el público”, explica Miguel Oyarzun antes de detallar su intención de que “todos los proyectos pongan en valor estos lugares, que sean una capa más de los trabajos que se presentan”. La idea la traen de Reino Unido, donde es habitual que los artistas intervengan en espacios poco convencionales y que acaben descubriendo nuevos usos y aportando miradas distintas. “Lo que queremos es habitar el espacio. Escuchar al edificio, ofrecer a los creadores y al público todas las posibilidades de estos lugares que hasta ahora estaban muy poco exploradas”, detalla Isla. De esta forma de pensar han surgido iniciativas site-specific, como Dame Cuartelillo, que volverá en septiembre, o Made by Kids, un proyecto teatral para la Sala de Bóvedas elaborado con niños del barrio. También el proyecto de La Ronda, de Edurne Rubio, con la que además se dio a conocer el resto de instituciones que conviven en el Conde Duque (la Hemeroteca Municipal, el archivo, el Museo de Arte Contemporáneo, etc). Esta última artista repetirá en breve con una peculiar audioguía para pasear por patios y estancias.

Aunque ambos conocían Conde Duque -Isla Aguilar vivió en la calle Galería de Robles e incluso había trabajado como guía en los primeros años de sus zonas museísticas-, los codirectores admiten que descubrieron la potencialidad de muchos lugares paseando por el propio centro, durante sus primeras semanas al mando. Fue entonces cuando, dentro de esta idea de habitar los espacios, quisieron también renovar sitios que registraban tránsito de personas. Así que llenaron las entradas y el teatro de plantas con el Garden State, colocaron mesas y sillas de uso libre frente a los puntos de información (añaden que en el futuro también habrá consignas) y arrancaron las butacas de la zona baja del auditorio. “Una de las cosas que hace el arte contemporáneo es reflexionar en el uso de los espacios, creemos que la arquitectura tiene un impacto muy grande en cómo se convive con el arte”, puntualiza Miguel. “El auditorio es ahora más versátil, si tenemos actividades con niños podemos poner colchonetas, si es una charla colocamos sillas y si hay un concierto lo dejamos libre para que se pueda seguir de pie”, añade Isla.

Una identidad para Conde Duque

En cuanto a la programación, su catálogo de intenciones se puede destilar de la programación para el primer semestre del año, en la que destaca una amplia batería de conciertos, creaciones artísticas adaptadas a los espacios del Conde Duque (site-specific), dentro de una cada vez más abundante producción propia, con tres ejes fundamentales: la memoria, el archivo y la ciudad. “La intención es dar una identidad al centro, una línea clara que vuelva a esos temas de forma recurrente, con una visión contemporánea”, indica Miguel. También quieren acercar el mundo del arte actual con formatos audaces como el que celebraron con Duólogos: ciclo de charlas y actuaciones con humoristas en las que, por ejemplo, colaron a los fans de Joaquín Reyes una clase de arte conceptual durante una conversación con un experto en performances y artista asociado al centro, Jaime Vallaurre.

En el nuevo Conde Duque hay mucho espacio para el apoyo y la visibilización de artistas que no tienen todavía una trayectoria consolidada o que, directamente, no pueden dedicarse a ello. “Hay artistas emergentes y otros en un estado de emergencia permanente, que viven en los márgenes de un sistema que se ha visto muy tocado por la crisis”, lamenta Isla sobre la precariedad de la profesión artística en nuestro país. A la vez se acuerda de las propuestas que les llegaban desde España cuando organizaban el BE Festival en Inglaterra: “Eran brutales, comparadas con las que nos enviaban de otras partes del mundo. Talento hay de sobra”. Para todo este talento que cita están pensadas las residencias artísticas, laboratorios donde experimentar con ideas, producciones y diferentes formas de expresión que están resultando especialmente estimulantes. “Nos llegan tantos proyectos interesantes que nos lamentamos de no tener más espacios y presupuesto para acogerlos a todos”, confiesa Aguilar.

“El cambio ha sido muy grande: se ha transformado un espacio de mera exhibición en un lugar de creación, producción y exhibición. Hemos tenido que adecuar todos los trámites burocráticos a una velocidad que la creación requiere. Intentamos que los artistas sean lo más previsores posibles para no volver loco al equipo del Conde Duque, pero el hecho creativo forma parte de esta idea. Desde las instituciones hay que facilitar que el proceso artístico sea lo más acompañado y facilitado posible. Los artistas han de poder hacer el trabajo que quieren”, detalla Oyarzun.

Concierto de Josele Santiago en el auditorio sin butacas

Muchos y profundos cambios en muy poco tiempo. Algo que también les ha causado fricciones con algunos trabajadores del centro poco acostumbrados a variar su forma de trabajo y que los partidos de la oposición han aprovechado para intentar atacar su labor en la dirección, criticando detalles como la retirada del arco detector de metales de su entrada central. El otro acceso, el norte, nunca lo tuvo.

“Estamos en un momento de cambio. Nuestra llegada al Conde Duque es un síntoma de que las cosas están cambiando. La generación de personas que lidera proyectos en el mundo de la cultura es mucho más afín a esta forma de ver la cultura” -relata Miguel Oyarzun- “Está pasando en Europa y ahora también en España. Nosotros tenemos que luchar para que esto suceda, y ocurra lo más rápido posible. Y que se consolide”. Isla Aguilar asiente y añade un deseo: “Las instituciones tienen que ser mucho más flexibles y capaces de entender lo que se necesita. Muchas veces se toman decisiones desde despachos sin bajar al terreno de lo que se está haciendo”. “Nos hemos encontrado que poner una máquina de humo en un teatro y otras cosas que son de sentido común a nivel artístico aquí podía resultar un problema o incluso una odisea”, se queja.

No obstante, Isla y Miguel valoran el apoyo de “la mayoría” del personal del centro, que laboralmente depende de la empresa Madrid Destino: “Hay muchas personas con sensibilidad, que se abren y que están haciendo posible los proyectos. Ojalá que lleguemos, poco a poco, a un momento en el que todas las personas vayan entendiendo por dónde van ahora los artistas y que cualquier centro de arte acabe siendo abierto y flexible”.

Cafetería y coworking para atraer más público

Dentro de su idea para que los madrileños habiten todos los espacios de Conde Duque, uno de los ejes de atracción será la futura cafetería, que ocupará la actual Sala Polivalente, paralela a la calle Conde Duque. A punto de publicarse la licitación para este espacio, contará con tres entradas (una de ellas desde la calle), una zona de restauración, otra de terraza en el patio central, área de juegos para niños y varios espacios con mesas para facilitar el uso de este lugar como coworking. “Queremos que se transforme en una especie de hub para la gente del barrio y para los que pasan por aquí, que se convierta en el alma del centro”, recalca Aguilar, quien se imagina a sus clientes distribuyéndose luego hacia los diferentes espacios del Conde Duque.

Dentro de esta política, los visitantes de más corta edad son un eje fundamental. “Los niños y la juventud son los artistas del futuro y el público que vendrá”, dicen ambos sobre un colectivo que ven como “pequeños habitantes” que están empezando a “llenar Conde Duque de vida”. En el futuro, confían en que el ruido de fondo que provocan “no sean una molestia, sino una riqueza”. De momento, las actividades que están montando para niños se llenan de forma sistemática: los encuentros de la Casa del Vacío, la sesión especial infantil de JazzMadrid (con más gente fuera del auditorio que dentro), la obra infantil de Momo y otras propuestas similares. La nueva dirección del centro apuesta por crear una programación infantil y juvenil estable, más allá de Navidad. Aunque prometen sorpresas en el patio central durante las próximas fiestas.

Dentro de esta política de apertura a los más jóvenes, hay varias ideas para crear espacios para la infancia: una de ellas tomará forma junto a la futura cafetería, debajo de las escaleras de acceso al primer piso. Allí estará ubicada una instalación específica de juego para niños, diseñada por estudios de arquitectura especializados.

Un taller de La Casa del Vacío

El público infantil es la última pata dentro de la idea de involucrar a toda la ciudadanía en este centro, para lo que se ha contactado con asociaciones del barrio y de diferentes colectivos madrileños. Grupos como Mad for Swing, con los que han acordado celebrar dos sesiones al mes de baile público en el patio central, gracias a una pista de baile que estará situada en una de sus esquinas. Pero la participación ciudadana va más allá: muchas de las piezas artísticas que se están produciendo están involucrando a madrileños de todas las edades (el próximo ejemplo, las mujeres que participan en el festival No Sleep Till Brexit) y cada semana hay sesiones abiertas al público o talleres de los artistas residentes y asociados, quienes también proponen ideas de gestión y mejora al centro. “Nosotros somos dos, pero cuantos más ojos y cabezas haya pensando en este edificio, más posibilidades le vamos a sacar”, dice confiada Isla.

Estos son sus mimbres para hacer que el proyecto de Conde Duque, situado en un enclave privilegiado, junto a Plaza España, Malasaña y cerca de toda la zona universitaria, acabe por explotar todo su potencial. Si lo que están desarrollando tiene éxito, Miguel e Isla se imaginan así su futuro: “En este lugar estarán pasando cosas permanentemente. La gente vendrá a bailar, a tomar algo en la terraza, a leer el periódico bajo una zona de sombra, en el patio, sin cocerse bajo el sol. Todo el mundo estará acostumbrado a que la gente se mueva por todo el espacio libremente, escuchando las instalaciones artísticas, bajando a la Sala de Bóvedas para ver lo que hay… los artistas, que estarán creando, podrán bajar a tomarse un café y charlar con el público que acabe de ver su trabajo. Esto se tiene que convertir en una plaza pública, que esté viva de la mañana a la noche”.