'Casa Camacho, la fealdad' | Somos Malasaña

‘Casa Camacho, la fealdad’

Nuestra crítica gastronómica visita dos famosas tascas de Malasaña con suerte desigual, al tiempo que lanza una teoría sobre la "incomprensible" pasión por lo cutre de la gente. Si eres 'camachobeliever' -hay legión, sí-, quizá no deberías leerlo...

Pan de 'posguerra' en Casa Camacho | MALASAÑA A MORDISCOS

Parafraseando a Magritte: «Esto no es polispán (o como se llame)».

El pan que veis en la foto existe y es parte del atrezo de Casa Camacho. No sé quién puede proveer todavía de ese tipo de pan, pero merecería una medalla por conservar intacto el espíritu panadero cutre que dominó esta España tan curiosa nuestra desde los años 60 hasta casi el 2000. 40 años de miga triste y comprimida y corteza absurda e inconsistente a nuestra salud, así están nuestras cabezas.

Premisa

Me gusta la belleza, todo lo que alimente la mente a través de cualquiera de los sentidos, y pretendo, en gastronomía, la misma belleza que quiero en mi vida. No pido un Síndrome de Stendhal diario, pero mis pequeños disfrutes cotidianos que no me los quite nadie. Estos son mis prejuicios.

La tasca

Este local, sito en Calle San Andrés 4, inaugurado en 1929 y regentado desde los 80 por unos hermanos de Sanabria (llamémoslos los Hermanos Dalton), por lo visto tiene el honor de ser reconocido como «Establecimiento tradicional madrileño». Fenomenal, así me gusta, que se reconozcan esperpentos y luego se permita que se derriben edificios como el neomudéjar Convento de las Damas Apostólicas del Sagrado Corazón, Bien de interés patrimonial, o se deje ahí tirado durante décadas un frontón como el Beti-jai —bueno, por suerte, esto ya se está subsanando, aunque a saber el uso absurdo que le darán que no sea el de su fin último (o, en este caso, originario). Para eso está el Estado, para no tener ni idea de gestionar nada, cobrarnos cada vez más impuestos, reducir proporcionalmente los servicios y, en fin, quitarnos la libertad a base de exprimirnos económicamente y crear leyes que regulan cada movimiento. Y, claro, luego a votar que es nuestro deber/derecho, ¡jas! Bueno, ya me empiezo a ir por las ramas, vuelvo a Casa Camacho.

Una vez tuve la intención de ir a Casa Camacho, pero estaba cerrado. Hoy he vuelto para ver si es verdad eso que dicen de que si la gente va a un sitio será por algo. Sí, será por algo; tal vez sea porque no tienen paladar ni gusto de ningún tipo. Tal vez.

Presenta, el lugar, una preciosa decoración en la que destaca una pared revestida de semitoneles, donde antes se guardaba el vermú, con barnizado color hez bien brillante; luego, proverbios populares llenos de gracejo y que reflejan muy bien la filosofía del lugar como «En Dios confiamos, todos los demás pagarán al contado», papeles de licencias y prohibiciones, carteles con la maravillosa oferta gastronómica, fotos de la familia o similares, grifos de vermú lavados con Lagarto y cuyo metal refleja, es un decir, a la perfección todo lo que significa ser un Establecimiento Tradicional Madrileño en el peor sentido, luz blanca de carnicería y una cortina tipo poncho mexicano, que se mantiene en pie sin necesidad de ganchos, a modo de separación de la zona noble y los entresijos (incluido el baño) del lugar. ¡Promete!

La sorprendente propuesta culinaria

M. y yo, venidos arriba gracias a la fantástica decoración, pedimos: él un vermú de grifo y yo uno de esos famosos yayos (vermú + ginebra + sifón, 2,5 €), aunque el nombre me eche para atrás —no soporto esa denominación para los abuelos, me parece ridícula y humillante. Pruebo primero el vermú de grifo de M., buenísimo: cero matices, totalmente aguado. Pienso que, si lo conservan en tonel, la proporción debe ser mitad agua/mitad vermú, por si queréis hacerlo en casa. El yayo está algo mejor, creo que la ginebra enmascara perfectamente la insipidez del vermú y el sifón le da algo de vidilla. En cualquier caso, para tomarse medio vaso, como mucho, si uno no quiere ir con resaca de garrafón para casa. ¡Fenomenal!

Tenemos hambre, así que pedimos unas raciones de la suculenta y amplia oferta que tienen, uhmm, ¡apetece todo!: boquerones con vida interior, embutidos con los bordes doblados hacia arriba, como si fueran mantarrayas, sobre pan de posguerra, patatas alioli con promesa de salmonela… Bueno, la vida es una aventura, ¡venga una ración de estas últimas! Y tortilla y, ya puestos, empanada. ¡Qué festín!

La empanada helada me resulta sorprendente, esa textura semifirme, ese bonito con tomate proveniente del Polo Norte, ¡ni en los mejores restaurantes de cocina fusión se les ocurriría aplicar frío a una empanada! Pero en Casa Camacho saben lo que hacen. Fascinante. Me hubiera gustado que le hubieran metido nitrógeno líquido para darle el toque frío y un punto tenebroso pero entiendo que es una elección arriesgada, no para todos los públicos. Realmente resulta más sorprendente así, nunca te imaginarías que esté helada, con el nitrógeno ya lo prevés. El factor sorpresa es importante en este lugar, saben jugar con el público.

Venga, vamos a por las patatas alioli. El ali se noti poqui y el oli es insipidi. Patatas hervidas con salsa blanca. Todo son innovaciones en este lugar, ¡qué maravilla! Dejar espacio para que el cliente pinte el lienzo blanco de las patatas, ¡esto sí que es original! Si cierras los ojos puedes imaginar que estás comiendo un trozo de goma de borrar con crema pastelera o cualquier otra bonita perversión gastronómica. ¡Perversos de la gastronomía, venid aquí!

Seguimos, muy animados, esperando nuevos sobresaltos en esta noche de aventuras y… no defraudan: ¡la tortilla sabe dulce! Hey, esto no tiene precio. No sé si es que lleva cebolla, que las patatas estaban medio pasadas o que se han confundido con la sal, pero sí, tiene cierto dulzor. En Casa Camacho son unos hachas a la hora de proponer platos comunes revisitados, no cabe duda.

Bueno, bueno, solo puedo decir que Casa Camacho te impresionará si no tienes el paladar de amianto. Por otra parte, tiene un público muy variado, octogenarios a mediodía y de todo por la noche, macarras y chavalería de todo tipo con especial asistencia de pijos colonizadores (al final explico mi teoría absurda al respecto) que quieren vivir la vida salvaje madrileña a lo grande.

El total de la cuenta salió 14,80 €, lo mandan pagar nada más servir, no dan recibo, por lo que no sé el precio de cada una de las delicias, y no se puede pagar con tarjeta, ¡viva España!

Resarcimiento por daños: La Ardosa. Final feliz.

Tras lo anterior, nos fuimos a lo seguro, a La Ardosa —Calle Colón 13— a tratar de borrar lo antes posible la huella que había dejado Casa Camacho en el paladar.

Por si no sabéis diferenciar, esta es una tasca buena, recomendable, para visitar, donde se come bien, la otra no. No es lo mismo el Panteón de Agripa que las cisternas romanas de tu pueblo, pueden tener la misma antigüedad y estar construidas por romanos similares pero hay diferencias: uno es solemne, está dedicado a los dioses y a los dioses hay que darles lo mejor y el otro es simplemente una obra hidráulica, práctica, para conservar el agua, nadie la va a visitar, nadie excepto el fontanero romano que se ocupe del mantenimiento.

Tomamos dos vermús de grifo (1,95 € – si se compara con el 2,5 € del otro lado podemos validar el proverbio de «lo barato sale caro» a la inversa*), con sifón, con sus matices, su regaliz, su punto amargo, su hinojo, su densidad, su color rojo-marrón profundo; vamos, que era un vermú decente y no estaba aguado.

Y disfrutamos de un pincho de la maravillosa tortilla (2,99 €) del lugar que, aunque la foto no lo refleje, está sin cuajar por dentro, como las tortillas típicas gallegas, y se deshace en la boca, una auténtica ricura.

Tomamos también una ración de cazón en adobo (13,50 €) acompañado de salsa tártara. Perfectamente frito, crujiente por fuera y jugoso por dentro, y con adobo sabrosón.

* En este caso, el lugar donde resulta más caro el vermú es el que la gente considera más barato por su aspecto y dejadez. Es decir, el considerado barato es más caro efectivamente y también sale más caro porque está aguado y es disgusting. Vamos, un completo.

P.S. Si queréis ir a tascas, id a tascas donde no os tomen el pelo. Entre tanto y no, camachobelievers, podéis excomulgarme, que ya tengo ganas.

P.S. I No sabéis cómo me molesta hacer fotos cuando voy a comer y ahora que todo el mundo hace fotos a todo, buff, qué rabia me da. Todo sea por la Patria.

Pasión por lo cutre: Pijoapartes y Teresos, filias y lo barato

No logro entender el gusto por lo cutre, pero tengo toda una estupenda y absurda teoría al respecto. Pienso que lo cutre gusta al que no vive en lo cutre. Y el que vive en lo cutre, aunque no le guste, se siente bien en ese espacio porque es su zona de confort.

Lo feo, a los que habitan en ambientes más amables, les gusta como una forma de colonización —lo que decía anteriormente de los pijos colonizadores—, de aventura, de conquista territorial. La sensación de poder dominar el ambiente propio y el ambiente de otros, de clases inferiores.

Por su parte, los de clases inferiores, los que nacen en lo cutre, encuentran esto como su territorio conocido y, por lo tanto, se mueven en él cómodamente; no suelen visitar clubs de golf ni restaurantes de lujo porque no pueden y porque tampoco se les admite.

Las clases existen, por más que queramos obviar el tema en esta sociedad tan chuli y tan bien planchada. Hay gente que nace con dinero debajo de la axila y otra que no. Y esas clases son las que, al final, lo controlan todo. También tu bar cutre de la esquina, donde les tratarás bien por tus complejos, y su restaurante de lujo, donde no te admitirán, te admitirán como mascota o al que irás con miedo y te encontrarás fuera de lugar.

Es el norte y el sur, es el rico y el pobre, es Pijoaparte y Teresa, eso existe, por más que se hable de clase media. Tenemos una clase media biempensante y pagafantas que es una clase baja real, y una clase baja que es una clase baja llorona y subvencionada, y una élite rica, enchufada (como las demás, pero en mejores sitios), prepotente subrepticiamente y que considera que se lo merece todo. Y aquí no se tocan ni de lejos ninguna de las tres. Vivimos mundos paralelos, donde el que manda es el de arriba, el del Norte, y el de abajo, el del Sur, se somete con reverencias y complejos.

Es un poco la historia de Pijoaparte y Teresa, tu cutrerío diario es una aventura para los Teresos, tú, Pijoaparte, no te aventurarás en su territorio o si lo haces lo harás con mucho cuidadín y creerás cosas que no son reales. La realidad es cruda y da bastante asco.

En cualquier caso, también está el rollo de las filias y las perversiones, gente que le gusta lo feo como quien le gusta un cuerpo de algún modo; a mí me gusta el brutalismo y los perros pequeños a los que les sobresalen los dientes de abajo, a modo de cazo pluviómetro, también me gustan las palmeras de chocolate industriales y espeluznantes. Como filia lo podría entender.

Y, luego, también tenemos lo barato, ese amor por lo barato y la irracional asociación cutre-barato de la cual se aprovechan muchos hosteleros para engañarte.

A %d blogueros les gusta esto: