Sobre la agenda oculta de las cotorras | Somos Malasaña

Sobre la agenda oculta de las cotorras

Ahora que las ciudades están perdiendo población aviar —en España, en una década, la de gorriones ha bajado un 7%, pero en algunas zonas la caída llega a ser de un 30%—, estos pájaros chillones no dejan de multiplicarse

Imagen: ALMA P. SOKOLÍKOVÁ (@soul.p.s)

Pedro Bravo

Acabo de publicar un libro sobre las causas y consecuencias de la saturación turística —Exceso de equipaje (Debate, 2018)—, tengo por ahí un ensayo sobre la bici y las ciudades —Biciosos (Debate, 2014)— y una novela narcoexistencialista —La opción B (Temas de Hoy, 2012)—. Soy socio de Soulandia, una agencia de comunicación, y de Espíritu23, un coworking. Vivo en la linde occidental de Malasaña.

10/11/2018

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Madrid está llena de cotorras. De las que vuelan, tienen plumas y son verdes; lo aclaro para que nadie se dé por aludido salvo que sea un pájaro con ascendente argentino. Porque Madrid está invadida por Myiopsitta monachus, que es la forma complicada y científica de llamar a la cotorra argentina. Hay unas 11.000 de éstas (y cerca de 2.000 de otras que se llaman de Kramer), la mitad de las que habitan en toda España, y se las ve y, sobre todo, se las oye volar de árbol en árbol en las calles y en los parques.

Ahora que las ciudades están perdiendo población aviar —en España, en una década, la de gorriones ha bajado un 7%, pero en algunas zonas la caída llega a ser de un 30%—, estos pájaros chillones no dejan de multiplicarse. Y por eso, y más cosas, los otros van desapareciendo, porque no pueden competir con ellos. La cotorra argentina es una especie exótica invasora y no sólo fastidiosa para sus congéneres: también afecta a la vegetación, por su forma de anidar y por su apetito por los brotes tiernos, y a los humanos, a los que puede llegar a transmitir una enfermedad llamada psitacosis, que es como una neumonía pero con nombre de película de Hitchcock.

La ley dice que hay que ir a por ella. Y por eso en Madrid hay tantas, porque aquí somos muy de saltarnos las normas. La Comunidad no ha hecho nada al respecto, como de costumbre, y el Ayuntamiento de ahora está a punto de lanzar un plan para controlar su población, pero en modo ciudad del abrazo: Killing me softly y tal. La metáfora fácil es decir que esta invasión es como la de turistas. De hecho, da para meter una cotorra por vivienda turística y aún nos sobrarían unos 3.000 apartamentos para alojar unos cuantos loros en Malasaña. por ejemplo. Pero que nadie espere en este espacio metáforas fáciles (en efecto: vaya manera de colarla). Y como tampoco se me ocurre ahora una de las difíciles, sigo.

Al parecer, la primera cotorra argentina suelta por la ciudad de la que se tiene registro es una que salió de una casa del barrio de Canillejas en 1984. Hoy, la mayoría de estos animales habita en el distrito de Moncloa-Aravaca. Lo que viene a ser la Casa de Campo y el Parque del Oeste. Yo las llevo viendo años durante mis correrías por allí y puedo dar fe de que se han quedado con el territorio. Es más, me atrevería a decir que lo utilizan como campamento base para algo gordo. Venga, va, lo digo. Yo sostengo que las cotorras se están organizando no para invadir la ciudad de Madrid, sino con una ambición mucho mayor: gobernar el mundo. De hecho, ¿quién nos dice que no lo están haciendo ya? ¿Notaríamos la diferencia?