La decepción tiene forma de brunch en el Café Comercial | Somos Malasaña

La decepción tiene forma de brunch en el Café Comercial

Un ColaCao que se hace pasar por chocolate y otras contrariedades para un desayuno-almuerzo que cuesta 28 euros

Lu (Malasaña a mordiscos)

Máster en Comunicación y Periodismo Gastronómico, traductora, auténtica adicta a la gastronomía y apasionada del mundo del vino, en esta sección, Lu, dentellada a dentellada, analiza las diversas ofertas de restauración de Malasaña

3/11/2018

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Últimamente mi cabeza juega conmigo más de lo normal. Reservé para el brunch del Comercial para un domingo y nos presentamos el domingo de la semana anterior al reservado, porque mi cabeza decía que era ese domingo aunque el correo electrónico de confirmación indicaba lo contrario. Así me lo aprendí yo. Bueno, por suerte, la chica que recibe a los bruncheros fue muy amable y dijo que tendríamos una mesa libre en 15 minutos. Bien, un paseín bajo el aterrador sol de finales de septiembre para hacer hambre, sensación de estar en una peli del oeste —solo faltan las bolingas esas que ruedan— y, en nuestra pequeña caminata, encontramos una iglesia con fieles. Hablamos de que la gente todavía cree en esas cosas, de las familias que llevan a sus hijos (con polo y pantaloncito corto por encima de las rodillas de domingo) a semejantes lugares, del atraso.

Os aseguro que los fieles vistos no se parecían en nada al Reverend Beat-Man y pienso que el que daba misa tampoco. Bueno, volvemos con hambre y algo sudorosos al Café Comercial.

Cuando cerraron el Café Comercial primigenio —27/07/2015supuso un trauma para la población de la zona y para el mundo preocupado por lo importante, era un lugar emblemático, aquí tenéis un artículo en el que se avisaba de su cierre. Luego la gente escribió muchas cosas, en redes sociales y en internet en general, echando de menos el Café Comercial, sintiéndolo profundamente, gente que a lo mejor nunca estuvo en él, pero sentía poderosamente su llamada una vez cerrado, esas cosas pasan. Entra uno en la vorágine y se siente como si hubiera vivido la Guerra Civil en sus propias carnes, es una especie de empatía en masa, un sentimiento coral, precioso. Además ocurre con cuestiones fundamentales como vídeos virales o personajes siniestros que llevan enterrados una pila de años. Los humanos somos lo mejor, sin duda. Bueno, ya me estoy yendo por las ramas, vuelvo al Café Comercial. Posteriormente, reabren sus puertas 27/03/2017— remodelados, aquí encontráis la noticia.

Y sí, sin duda, la reforma del local es francamente maravillosa, todo detalles y áreas diferenciadas. Abajo más espacioso, más parecido al original Café Comercial, con grandes ventanales, lámparas antiguas mezcladas con modernas y un marcado estilo parisino, con sus bancos tapizados corridos, sus dorados. Arriba repetimos bancos corridos, mesitas cercanas, espejos de pan de oro, un precioso color azul petróleo de fondo.

El brunch se sirve en la segunda planta previamente mencionada, a la cual se encuentra anexa una salita alicatada y curiosa, algo sofocante por la falta de ventanas.

En ella se puede encontrar fotos interesantes (el ser me ha gustado particularmente) creando una decoración ecléctica.

Y, aunque yo había reservado para el siguiente domingo una mesa cercana a la luz natural (para las fotos que, como veis, las de comida de la parte interna quedaron bastante janders), nos tocó una mesa de paso en dicha salita. Mea culpa.

Este brunch cuesta 28 € y viene propuesto por el Café Oliver en una especie de joint venture con el Café Comercial. A dicho precio se le pueden añadir extras como una ración de patatas fritas, alcoholes varios o alguno de los cócteles que proponen.

Al llegar a tu mesa, te recibe una cesta con una rebanada de pan blanco, otra de pan integral, un croissant (cruasán para los antiextranjerismos) y una napolitana —sobre este término divagaré un poco al final del artículo, en el despiece (gracias por enseñarme nuevos vocablos A.)— de chocolate. Y un cuenquito de mantequilla, otro de mermelada de melocotón y otro de fresa. El hecho de que sea un tipo de producto de bollería por persona me deja un poco perpleja; siendo 2, lo normal sería que incluyeran 2, uno para cada uno. Vale, será que el brunch es tremendo y mejor reservarse. Al final tendré una explicación al respecto y con relación a otras cuestiones (aquí, intrigando para que leáis todo el rollo). Otra cosa que me sorprende y que no me agrada es que ni el croissant ni la napolitana están calientes o templados, es decir, recién horneados, aunque sean congelados. La calidad de la bollería es media, nada excepcional. Las mermeladas son más bien vulgares, dulzonas y de textura industrial, es decir, modo cremosito.

La persona que nos atiende nos pregunta nuestra selección dentro del brunch y si deseamos algún extra: nos decantamos por una ración de patatas caseras (4 €), un bellini —cava con zumo de melocotón—, 6 €, y un vermú —dan para elegir Martini, esto es algo deprimente a mi modo de ver con todos los vermús buenos que hay en el mundo y en España en particular, y otro del que no recuerda el nombre, supuestamente nos lo dirá más tarde, pero no. Para tomar con la bollería hay para elegir entre dos tés (el típico Earl Grey y otro), creo, café de una marca que no recuerdo y chocolate. Pero el chocolate resulta que no es chocolate, es ColaCao. No entiendo que en la carta ponga chocolate y que luego nos digan que es ColaCao. Se lo comentamos a la persona que nos atiende y dice que es ColaCao. OK, pues es ColaCao. En la vajilla no se han esmerado tanto como en la decoración del lugar, las tazas del ColaCao son tristes. Nos sirven zumo de naranja natural bien frío, está bien, sin más.

En la sección huevos, compartimos 2 tipos. Unos con bacon, los típicos, que están bien, la ovomateria prima es buena. Y luego, unos benedict o benedictinos —huevos escalfados sobre una base de pan blanco (aunque decía que eran blinis) con salsa holandesa y, en este caso, salmón (había para elegir con jamón de york, los tradicionales)— que realmente resultan bastante pesados. La holandesa está un tanto contundente y profundamente insípida y, como contraste, tenemos un salmón salado así que el resultado es bastante malejo. También ofrecían revuelto con hierbas y queso entre las versiones hueveras a elegir.

Llega la cheesehamburguesa «Oliver» y, entre tanto y no, no han llegado ni el cóctel ni el vermú, los cuales ya no queremos, pues los huevos nos han dejado KO. La hamburguesa viene con kétchup y mahonesa, además de pepinillo encurtido, lechuga y tomate natural. Al punto, tal como solicitamos, la carne tampoco es ninguna maravilla, el conjunto pasable, como mucho. Se podía, también, optar por NY Pancakes, es decir, tortitas, o ensalada César con pollo o ensalada de fruta de temporada.

Se acuerdan de los cócteles y nos preguntan si los queremos, pues ya estamos acabando. Les decimos que no, gracias.

Viene un encargado a preguntar qué tal todo, le digo «Bueno… », la verdad es que no me apetece ni una gota explicarle que nos ha parecido bastante desastroso. Al ver mi cara al decir «Bueno… » insiste y dice que es importante saber lo que no gusta para mejorar. Me gusta su actitud, sin duda, es la correcta, pero yo no estoy aquí para dar clases a nadie. En cualquier caso, ante la insistencia, le digo lo del chocolate-ColaCao, lo de la bollería y poco más. Entiende lo del chocolate y dice que intentarán cambiarlo, sobre la bollería dice que es complicado presentarla caliente y que podíamos pedir toda la bollería que quisiéramos. Luego nos regala dos mimosas, lo cual es un todo un detalle por su parte. Solo las probamos porque resultaban algo acidóticas y, además, los huevos benedictinos estaban empezando a dejar inoperativos nuestros órganos vitales.

Bueno, bueno, bueno, realmente este texto es una crónica fallida, tenía todas mis esperanzas y prejuicios positivos puestos en este lugar y su brunch, pero no ha ido como esperaba, así es la vida.

En su favor, debo decir que en la parte de abajo se pueden picotear raciones que están mejor que la oferta brunchiana, que el personal, numeroso, se molesta y que la decoración es bonita.

En cualquier caso, si os apetece un brunch en Malasaña, sin duda, el Mur o el Ojalá son bastante más recomendables, especialmente el primero, sus croissants eran fragrantes, suaves, calentitos, mantequillosos, ¡uhm!

Web: cafecomercialmadrid.com

P.S. La vida del visitador de restoranes es ingrata, que conste en acta.

La napolitana que no tiene nada de napolitana

La napolitana de chocolate, como se conoce en España, no es otra cosa que el pain au chocolat. La napolitana de chocolate es un ser problemático; curiosamente, en Francia, también su denominación es motivo de dudas. La denominan, en la parte central y norte del país galo, pain au chocolat y en el sur —zona de Burdeos y Toulouse— chocolatine.

En cualquier caso, parece ser que el origen de la napolitana de chocolate proviene de las viennoiseries, es decir, la pastelería vienesa que llegó a París a mediados del siglo XIX. En particular, dicen que fue Auguste Zang, creador de la primera Boulangerie Viennoise, el que la introdujo en la dieta del lugar. En un principio,  la masa era tipo brioche y una primera denominación sería chocolatine como derivación acortada de Shokoladencroissant. Luego, se empezaría a denominar pain au chocolat ya con la masa hojaldrada típicamente francesa. Que conste que el croissant, tan francés él, parece que tiene también ancestros austriacos, el denominado Kipferl.

Sin embargo, a nosotros nos llega el nombre de “napolitana”, en Wikipedia podéis encontrar una explicación rocambolesca al respecto, aquí está el enlace, que yo no comparto. En primer lugar, de Nápoles es difícil que provenga, pues el chocolate no era un producto nada tradicional de la zona, además, no canta ‘O sole mio y en la vida he visto este dulce en dicha ciudad. En segundo lugar, pienso en una explicación más lógica: los ilustrados eran gentes refinadas, que viajaban y aprendían de otras culturas, de las que se traían siempre souvenirs, y eran particularmente dados a las merendolas (son unos de los grandes propulsores del uso del chocolate a la taza en el norte de España) y, tal vez, en unos de sus viajes se trajeran un brioche vienés, que quedaría duro como una piedra durante el viaje. Más adelante ya los traerían de Francia, más recientes, y a algún pastelero le gustó la idea y la copió. Pero claro, como estrategia de venta hablar de pain au chocolat en una España recientemente en guerra (francesada) no era lo mejor, así que el señor pastelero decidió retrotraerse al magnífico pasado napolitano, con todas sus glorias, de Carlos III y tachán: aquí tenemos la napolitana. Puede que sea una teoría absurda, sí, y también puede que no.

Un dato curioso que me transmite D. (muchas gracias), comenta Carlos Osorio en su blog que La Mallorquina —sí, esa confitería tan famosa de Sol y cuyo aroma a pastelería tradicional te encandila cuando pasas por la zona— en 1970 patentó la napolitana, su dulce insignia. Si es así, supongo que los propietarios y todos sus herederos pondrán vivir de derechos de patente a lo largo de los siglos, ¡qué bonito y qué bien pensado!