Sobre las estatuas que se enseñan y las que no | Somos Malasaña

Sobre las estatuas que se enseñan y las que no

Julia se llama una de mis estatuas preferidas de Madrid. Las Julias son vecinas ilustres que lucen al paso de muchísima gente. No como otras

Estatua de Julia, en la calle Pez | SOMOS MALASAÑA

Pedro Bravo

Acabo de publicar un libro sobre las causas y consecuencias de la saturación turística —Exceso de equipaje (Debate, 2018)—, tengo por ahí un ensayo sobre la bici y las ciudades —Biciosos (Debate, 2014)— y una novela narcoexistencialista —La opción B (Temas de Hoy, 2012)—. Soy socio de Soulandia, una agencia de comunicación, y de Espíritu23, un coworking. Vivo en la linde occidental de Malasaña.

23/02/2019

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Uno de los daños colaterales de las bodas son los regalos feos que no se pueden devolver y se esconden por las esquinas de las casas. Yo no me he casado nunca pero he ido a muchas bodas, así que lo mismo hay algún presente mío ensuciando la vista del hogar de algún amigo. No es la fama que tanto le preocupaba a mi tocayo El alcalde de Zalamea, pero es una forma de dejar algo en herencia. Por cierto, Calderón de la Barca vigila la plaza de Santa Ana apoyado, precisamente, sobre una figura que representa la Fama. La estatua del autor barroco fue un regalo del Estado a la Villa. Un regalo bonito que, por serlo, se puso en tan ilustre lugar en 1880.

En Madrid hay estatuas para todos los gustos. Aquí presumimos de tener la única dedicada al demonio —la del Ángel Caído, en el Retiro—, pero como en cualquier otro sitio tenemos mayoría de efigies dedicadas a eso de dios —cristos, santos, vírgenes y papas—, patria —militares de todas las épocas y graduaciones, hasta un soldado raso como Eloy Gonzalo— y rey —la colección completa—. Monumentos a escritores hay sopotocientos, también a sus personajes —don Quijote y Sancho, por ejemplo, que también esperan pacientemente la reforma de la plaza de España— y hasta a sus lectores —como el de la plaza de la Paja—. Hay un ciego de bronce en la calle San Agustín que vende cupones —éstos sí que no tocan nunca—, un barrendero en la plaza de Jacinto Benavente y… un montón de páginas webs y hasta libros dedicados el tema. Lo indico para excusarme de continuar con el glosario.

Ahora, en Colón, aparte de una bandera casi tan grande como el país, hay una cabeza de niña también enorme creada con polvo de mármol y polyester por Jaume Plensa y que va a ocupar un año el pedestal que ha dejado vacío el despistado viajero genovés que da nombre a esa plaza. Todo el mundo que la ve coincide en decir que transmite quietud y casi nadie sabe que se llama Julia. Julia se llama también una de mis estatuas preferidas de Madrid, la que se apoya en la pared de piedra del 42 de la calle del Pez, la que representa a la primera mujer que pudo entrar en la Universidad Central (en el siglo XIX, disfrazada de hombre).

Las Julias son vecinas ilustres que lucen al paso de muchísima gente. No como otras. Yo creo que el trastero donde Madrid guarda las estatuas que no le interesan demasiado es el Parque del Oeste. Ahí hay un popurrí considerable de monumentos escondidos como en una yincana: Concepción Arenal, Federico Rubio, el fundador de Rotary Internacional, un Homenaje al maestro para el que posó como modelo un hijo de Franco… Yo muchas veces imagino que las estatuas de este parque se rebelan y salen, lideradas supongo por Simón Bolívar, que cabalga también por allí, a reclamar un sitio más visible. Un poco como La estatua del Jardín Botánico del videoclip de Radio Futura pero sin las mallas puestas.

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