Gastronomía en Malasaña: alcohol, drogas, comida de supervivencia y moda | Somos Malasaña

Gastronomía en Malasaña: alcohol, drogas, comida de supervivencia y moda

Un repaso al pasado, presente y ¿futuro? de los locales y la oferta culinaria de un barrio donde el beber siempre ha primado al comer

Malasaña presenta, en la actualidad, una oferta gastronómica que constituye un popurrí en el que se mezclan baretos cutres, bares de movidón, bares-restaurantes-tiendas cuquis cuya Santísima Trinidad es aguacate–pulpo–brownie/coulant y croquetas —las croquetas son el hilo conductor a través de los tiempos en Malasaña— además de una enorme propuesta de sándwiches, bocatas, perritos calientes, baos, hamburguesas, arepas, tatakis y batidos frutales, alguna tasca despistada, algún café agradable, heladerías, alguna taberna decente ¡y eso es todo, amigos!

Pero, ¿qué ha sido Malasaña a nivel gastronómico tiempo atrás?

 

Un poco de historia: la bebida, cafés y la bohemia

«ESCENA TERCERA. La Taberna de PICA LAGARTOS

La Taberna de PICA LAGARTOS: Luz de acetileno: Mostrador de cinc: Zaguán oscuro con mesas y banquillos: Jugadores de mus: Borrosos diálogos. – MÁXIMO ESTRELLA y DON LATINO DE HISPALIS, sombras en las sombras de un rincón, se regalan con sendos quinces de morapio.»

Luces de Bohemia, Ramón María de Valle-Inclán

Max Estrella, alter ego de Alejandro Sawa en Luces de Bohemia, se da al morapio en un sitio cutre ya en aquellas épocas… nos podemos imaginar cómo era. Aunque Luces de Bohemia parece desarrollarse más en la zona de Plaza de Santa Ana y cerca de Sol, Alejandro Sawa vivió en la calle Conde Duque 7, así que la representación de su realidad, de sus sitios donde beber malamente, se traslada de entorno meramente como licencia poética. El morapio es un vino tinto oscurono, que imagino licoroso y fuertón a más no poder… Por ahí iba el Barrio Maravillas años ha y por ahí ha continuado yendo.

Malasaña, a diferencia de la zona de Palacio, Sol y Latina donde destacan las casas de comidas del siglo XVIII y XIX que han llegado hasta nuestros días —como Casa Botín, Lhardy, Casa Ciriaco o Casa Paco, entre otras— no tiene ninguna casa de comidas de siglos atrás. Sí tiene algunas tabernas centenarias o cuasicentenarias como Casa Julio, La Ardosa o La Copla. Es decir, que aquí más que el comer se nos ha dado bien el beber: vermú y vino malo.

Con los dulces sucede lo mismo, el centro castizo presenta confiterías vetustas (y morlas), como la Confitería del Pozo (y sus maravillosas empanadas y bartolillos) o El Riojano (¡¡¡y su Sacher sui géneris!!!). Nosotros tenemos La Duquesita, recientemente renovada y con una oferta estupendis —excepcionales sus rosquillas blanditas, una maravilla, así como todos sus pasteles modernos (el lemon pie y el de mojito son deliciosos)— pero, realmente, no se encuentra dentro de los límites de Malasaña sino en una zona más «noble», véase Salesas.

Eso sí, a finales del siglo XIX, teníamos dos fábricas de chocolate: Fábrica de Chocolates El Indio, en Luna y, Chocolates y Dulces Matías López, en Palma, aquí tenéis un interesante artículo al respecto. Y desaparecieron, como desaparecen las cosas, no únicamente por la turistificación —que en aquella época no debía estar de moda— sino por una mezcla de diversos factores.

A la bohemia siempre le ha gustado el barrio, partiendo de Valle-Inclán, el cual se conocía bien sus calles y del que hemos hablado previamente. En los aledaños de Gran Vía vivió Unamuno, en la Casa de Astrarena, con vistas a Hortaleza y a la Red de San Luis (como se denominaba en su época el ensanchamiento de Calle Montera al encontrarse con Gran Vía), asomado a esa ciudad que le espantaba. Unamuno defendía que la vida frenética de Madrid era un horror, donde todo va deprisa y el pensamiento es inversamente proporcional al ajetreo, así hablaba de sus cafés, entre los que supongo se encontraría alguno malasañés, tal vez el Café Comercial:

«De aquí el que la superficialidad sea el padecimiento urbano. El principal centro productor de ramplonerías son los cafés de Madrid. Y encima, para agravar la cosa, viene el ingenio que es la mueca de la genialidad. “Hacer frases”, esta es la deplorable habilidad de ese cansadero, “hacer frases”, excitaciones rápidas, breves y fugitivas del espíritu.»

En torno al Casticismo y otros ensayos, Miguel de Unamuno

Uhm, parece que estuviera definiendo Twitter, sin duda fue un adelantado a su época. Él defendía que donde esté una buena estepa castellana con sus atardeceres y gentes recias que se quite la vidilla madrileña; allí el espíritu se llena de profundidad y belleza, aquí de ramplonería, celeridad y vacuidad.

También Saramago y otros muchos literatos y artistas varios vivieron por estos lares y, ¡ay qué pena!, a la bohemia no le interesa mucho la comida. Es un hecho demasiado material para espíritus elevados. Eso sí, el vinazo y, en la época de la bohemia de primeros del siglo XX, la absenta sí que han tenido su espacio en el mundo del arte.

Jas, jas, me acabo de acordar de un fragmento de Transatlántico que me hizo reírme un rato en su momento. Estaban unos generales hablando sobre que había que defender la patria y todo ese rollo y Gombrowicz decía que le daba mucha vergüenza hacer eso, transcribo el diálogo del Embajador con su consejero ante la declaración de Gombrowicz:

«—Espera. ¿Qué eres? ¿Un hombre de letras? ¿Qué cosas has guisado? —Llamó: ¡Sroczka, Sroczka, ven un momento! —Cuando el Consejero Podsrocki acudió, el Embajador parpadeó, me lanzó una mirada altanera y solo oí que decían—: ¡Un comemierda! —Y luego otra vez—: ¡Un comemierda!

El Consejero le decía al Ministro:

—¡Un comemierda!

Y el Ministro le decía al Consejero:

—Comemierda sin duda lo es, aunque el Ojo y la Nariz no están tan mal. —E insistió—: Es un comemierda y no otra cosa; todos vosotros no sois sino comemierdas, también yo soy un comemierda, pero también ellos son comemierdas y nadie se da cuenta. ¡Quién iba a darse cuenta! Comemierdas, comemierdas…

—Comemierda —dijo el Consejero.»

Como veis, según Gombrowicz, ser un comemierda es característico de los hombres de letras y de todos los demás, idea que comparto. En resumen, el arte y la comida no suelen ir muy bien avenidos, excepto en el caso de Rubens, pero a ese, al parecer, le iban todos los placeres. Habrá más excepciones, pero entiendo que cuando uno está consagrado en cuerpo y alma al arte, algo tan etéreo, la parte material, como pueden ser comida y finanzas, no suele interesar, resulta superficial. En el arte, la mente se alimenta de belleza, la belleza como ente abstracto, no como una maravillosa tortilla (yo, sin embargo, puedo ver la belleza en cosas así de tangibles, va a ser por eso que no soy una artista).

Siento todas estas citas literarias, pero es que eran muy propias para la ocasión, la bohemia son los artistas y los literatos son artistas y la parte contratante de la primera parte… bueno, lo dejo.

Además, en nuestro barrio se situaba, desde 1845, la Universidad central: teníamos el cóctel perfecto para que la gastronomía no importara en absoluto, población bohemia-estudiantil.

De los años 40 en adelante, las pensiones de Gran Vía donde se alojaban estudiantes universitarios de posibles también influyeron en la oferta gastronómica y etílica, no en vano en esas épocas se abría el Bar de Perico Chicote, cerca de nuestra zona, una de las primeras coctelerías de España y, a diferencia de lo que predominaba en el barrio, con una oferta más elitista.

Ya en los años 60 inauguraba su establecimiento La Tasquita de Enfrente, el único restaurante de renombre del barrio, bajo el influjo, imagino, además de los estudiantes burgueses, de una orgullosa Gran Vía.

Un fenómeno de Cuarto Milenio es la aparición a finales de los años 70 y principios de los 80 de cafés imitando a la perfección la estética de inicios del siglo XX —con sus lámparas doradas, sus espejos barrocos, sus sillones tapizados de terciopelo rojo, sus maderas art déco— como: el Café Ajenjo, el Café de Ruiz o el Manuela. Fascinante e intrigante, seguro que Iker Jiménez tiene una teoría interesante al respecto, algo así como que los fantasmas de los locales eran antiguos parroquianos de los mismos que murieron en extrañas circunstancias y subyugaron las conciencias de los nuevos inquilinos para que recrearan los ambientes en los que una vez vivieron. Yo no tengo teoría al respecto, solo puedo pensar que haya habido un revival como el de ahora con las barberías aunque en el contexto de la época (la modernez) me resulta extraño. Que en los albores de la Movida se crearan estos establecimientos me parece, como mínimo, chocante.

 

Los 80, los 90 y principios de los 2000: comida de subsistencia

Llegando ya a los 80 tenemos la Movida, ese ir y venir de gentes, conciertos, provocación, bebida y droga. De siempre, para la creación artística, el gran complemento es la droga. Bulgakov se petaba a morfina por los dolores y, yo creo, porque dormir es lo mejor que uno puede hacer muchas veces. Los alucinógenos en los 60-70 iban fenomenal (Jimmy Hendrix, Jim Morrison, etc.) aunque aquí no tuvieron mucho éxito porque ya teníamos bastante con la realidad para alucinar. En aquella época, el LSD y esas cositas eran para «abrir las puertas de la percepción» (sí, frase de Huxley), experimentar con los sentidos y todo ese rollo.

Ya en los 80 la droga se utilizaba más para quemar las puertas de la percepción y toda la percepción si era necesario, por lo que la gastronomía, agitador de los sentidos, estaba totalmente olvidada; los sentidos estaban aturdidos y así les gustaba que estuvieran. Por ello, en los 80, tampoco podemos decir que el barrio se caracterizara por una gran oferta gastronómica más allá de bocatas y bebidas de todo tipo en bares de movilón como El Penta o La Vía Láctea; la gente estaba tirando abajo las puertas de la percepción y lo único que necesitaba, si en algún momento llegaba a necesitarlo, era un bocata de refuerzo.

Desde mediados de los 90 hasta bien entrados los 2000, las drogas, pastillas me imagino, y el botellón campan a sus anchas por el barrio, y seguimos con comida de supervivencia, en su mayoría bares para chavalería tipo Casa Pepita, El Boñar y otro similar que había en San Ildefonso con Corredera Alta de San Pablo de cuyo nombre no me acuerdo. De esos había un montón. Oferta básica: croquetas, empanada, callos, boquerones, paella en raciones. Y bares de beber y de beber, como El Malandro, en plan combinados chungos. En esa época, Malasaña era territorio de heavies y siniestros (luego denominados góticos): garrafón, fritanga y raciones y suciedad, mucha suciedad.

 

 

Año 2006 en adelante: la moda

Bueno, bueno, bueno y llegamos a los fabulosos años 2000 y pico. Pues seguimos más o menos con lo mismo. Bueno, no, las drogas desaparecieron durante una temporada, más o menos del 2006 hasta el 2016. En ese tiempo, empezaron a florecer establecimientos de comida cuqui, moderna, fusión y similares; la moda del momento ha primado durante todo este periodo. Y, poco a poco, han ido desapareciendo los sitios más cutres del barrio. Ahora tenemos una oferta extranjera, modernilla y uniforme, adaptada a la globalización, al gusto de Instagram (pololos y similares) y a que el barrio se ha convertido en meca de visitantes de todas partes porque nos consideran muy originales. Entre tanto, como se comenta en este periódico, ya no queda ninguna carnicería en Malasaña. Pero, a diferencia de lo se suele opinar en este diario, yo creo que se debe a que ya nadie cocina, ni habitantes del barrio ni turistas. Preparar una carne necesita una elaboración (cocinar y limpiar) que la mayoría de la gente no está dispuesta a realizar, prefieren que les den la carne ya preparada. Lo mismo que prefieren tener asistenta (ups, perdón, ahora se denomina «la chica que me/nos ayuda») a hacer labores básicas del hogar. No hay tiempo, ni ganas, no creo que esto tenga que ver con la turistificación o Airbnb. En cualquier caso, en gastronomía la turistificación solo ha afectado en el tipo de oferta, lo dicho, más modelna, más instagrameable, extranjera, pero no en una subida de precios con respecto a la anterior oferta, es decir, en este sentido no se podría aplicar el término gentrificación a la cuestión gastronómica. Y, ya puestos, decir que también tengo mis dudas sobre si los pisos han subido por Airbnb o simplemente han subido porque Madrid es una capital europea. En cualquier caso, creo que antes habría que atacar a la iglesia, que lleva mucho más tiempo haciendo estragos en el mercado inmobiliario. En nuestro barrio, es todopoderosa y omnipresente a nivel de posesiones de bienes inmuebles, loados sean, con enorme cantidad de edificios vacíos o con seres de su religión, espíritus o, ay pillines, estudiantes que dejan su generosa ofrenda por habitar aquí, todo ello sin pagar impuestos básicos, tipo IBI. Me gustaría que se hiciera una comparativa entre el suelo ocupado por la iglesia en el barrio y el de los Airbnb, sería bien bonito.

Destacan en esta época la apertura de montón de restaurantes con raciones y platos para compartir, estilo nórdico, industrial, posteriormente ecléctico, ahora amazónico —todos llenos de plantas— y oferta similar, la Santísima Trinidad de la que hablé al principio. Y tiendas especializadas: de polos artesanos (los pololos), los Cereal Hunters cercanos al barrio, tiendas de venta de comida a granel, comida ecológica, las fruterías, que permanecen —porque no hay nada que hacer con la fruta, no es como la carne, no necesita elaboración—, y todo se llena de repartidores de Glovo, Just Eat, Deliveroo, etc.

¡¡Y cervezas artesanas, muchas cervezas artesanas!!

 

Resumiendo que es gerundio

Malasaña ha sido un barrio, de siempre, de clase media-baja, en el cual la oferta gastronómica no ha destacado nunca. En el XIX y hasta mediados del XX, su oferta sería tradicional —cerdo en todas sus formas, boquerones en vinagre, algo de salazón de bacalao, croquetas, patatas, calderetas…— en casas de comida no notables y de las cuales no queda rastro. Los excesos se reservaban a la bebida, véase la absenta o algún cóctel. Desde entonces, proliferan los bares de todo tipo: de noche, de día, de desayuno, pero en el fondo bares tira p’allá, excepto honrosas excepciones, lo cual durará más o menos hasta ahora.

Actualmente, como la gastronomía es una moda, han empezado a abrir lugares con oferta gastronómica más cuidada que previamente, aunque menos casera, igual de uniforme que antes, ahora en plan extranjero-original-especializado-cuqui, pero con un abanico de opciones más amplio.

¿Cómo será en un futuro cercano? Pues con el poderío que está adquiriendo la droga por la zona, es probable que nos degrademos de nuevo como barrio, deje de venir gente a ver a los animales que lo poblamos (por suciedad y peligrosidad) y la oferta cuqui desaparezca y vuelvan los baretos infectos. Y la rueda gira, gira y gira.

Si la droga no dura una temporada larga, pues entonces seguirán creciendo nuestros chuliestablecimientos y seguiremos siendo un precioso zoo y escenario de Instagrameros por doquier que se hacen fotos con pololos, baos, perritos, así, asá, con las gafas puestas, sin ellas, tirados en el suelo todo bacterias, apoyados en la tubería del gas, con un perrito (no caliente) al lado, en la cabeza, con la camiseta perfecta para mostrar ese tatuaje superprofundo y simbólico (véase rosa roja con espinas) que se hicieron aquella vez en una despedida de soltero… Y entonces será otra droga la que obnubile los sentidos, la droga de las redes sociales, hacerse fotos y no saber ni lo que comes, ni importarte, pero que sea chuli, todo bien chuliquechuli. Así es difícil que en nuestro barrio haya una oferta de calidad.

En cualquier caso, en esto últimos años la gastronomía del barrio, aunque la oferta sea uniforme —cosa que antes ya era—, es seguramente más variada, más sana y mejor elaborada que en tiempos pasados, ya es algo.

P.S. Viva la filiatria y las croquetas como elemento de cohesión.

P.S. I El otro día le preguntaban a Luis Enrique qué opinaba sobre el plan que había ideado para la selección y decía: «Pues me gusta el plan, será porque lo he creado yo» o algo así; hago mías esas palabras con relación a este artículo.

P.S.II Siempre nos quedará el Tiradito y alguna otra honrosa excepción.

P.S.III Pulpo foráneo.

A %d blogueros les gusta esto: