primer periódico hiperlocal español | año VIII | 18 de junio de 2018

Libros en Malasaña: el barrio como escenario literario

Repasamos algunos de los títulos principales que tienen a nuestro barrio como un personaje más

Pío Baroja vivió en el barrio y trasladó su experiencia a la ficción

Hay en Madrid un barrio que, con mucha justicia, se viene conociendo en los últimos años como de las letras, por la gran cantidad de literatos que lo habitaron. Malasaña bien podría ser un segundo barrio de las letras, atendiendo a la nómina de escritores que la han vivido…o podría ganarse el apelativo por todos aquellos que la han escrito.

¿Malasaña en la literatura? Probablemente acudan a la cabeza raudos títulos importantes como Barrio de Maravillas (Rosa Chacel) o La calle de Valverde (Max Aub). En ambos, por cierto, sus autores tuvieron que exiliarse tras la guerra. A veces el recuerdo de un barrio es más nítido desde la lejanía.

Pero ya antes, mucho antes, fue Malasaña escenario literario. Algunos de los vecinos pioneros, aquel pueblo bajo cuyo reflejo nos ha llegado a través de las figuras del majo y la maja, de Maravillas o Barquillo, encontraron su hueco en el sainete dieciochesco. Es el caso de La comedia de Maravillas, de don Ramón de la Cruz. Un crítico, en una desafortunada apreciación, reprochaba a don Ramón que en su obra había “copiado felizmente en vivo el populacho de Lavapiés y de las Maravillas, los que vuelven de presidio, los borrachos, y semejante gentuza que antes causa fastidio que placer”. Como se ve, no siempre la sociedad biempensante ha tenido una buena opinión del vecindario.

Durante el siglo XIX el barrio se irá llenando de escribientes, que iban de la Universidad Central (en la calle San Bernardo), a los cafés. Sus calles, aún de marcado cariz popular, reflejarían su inspiración y vivencias.

Dos de los nombres más rotundos del novelismo decimonónico se ocuparon de las calles de Malasaña antes de serlo. Baroja, que vivió en la calle del Espíritu Santo, situó en Pez la tienda en la que trabajaba y vivía Lulú en El árbol de la ciencia; en Horno de la Mata la tahona donde se empleaba Manuel en La Busca, y en la cercana de Tudescos la buhardilla de su Silvestre Paradox, que parodiaba esa bohemia que anidaba en el barrio y de la que enseguida hablaremos.

El otro gran novelista del XIX por excelencia, Galdós, frecuentaba el barrio y también llegó a Maravillas con su escritura: unas veces se citaba con Emilia Pardo Bazán y otras hacía andurriar a Luisito Cadalso (Miau) por las Comendadoras.

[El otro barrio de las letras]

Y por aquellas calles tan vivas también andaban, más de noche que de día, los bohemios (¡el verdadero Zaratustra vendía sus libros en Mesonero Romanos!). Algunos de ellos dejaron sus vías preñadas de relatos: la buhardilla de los amantes de Zamacois en Punto negro; los espejos del Café La Luna descritos por Carrere, o María Antonieta muriendo en Tudescos al dictado de Miguel Sawa.

El detective Toni Romano es un asiduo de Malasaña

Desde entonces, el barrio hoy conocido como Malasaña nunca dejó de ser escenario de la vida de escritores y tramoya de sus obras. Por ejemplo, en joven Cela, que había vivido días de hambre en la calle de la Madera, situó su retablo del Madrid de posguerra en el Café Comercial y otros escenarios del barrio en La Colmena.

Arribando el fin de siglo, nace la denominación Malasaña y se hace inseparable de la eclosión festiva de la Nueva Ola (aquello que se conoce como Movida, a finales de los setenta y principios de los ochenta). El ¿movimiento? cultural ha dejado más huella en la música, la pintura o el cine que en la literatura, y para encontrar impresa la Malasaña de aquellos días hay que acudir antes a las memorias de sus protagonistas que a la ficción, aunque bien podría rastrearse la música de sus bares en relatos publicados en La Luna de Madrid o Madrid Me Mata. Otras Malasañas nuevaoleras, recreadas a posteri, aparecen en El cielo de Madrid, de Julio Llamazares (2005), que sitúa a sus personajes en el bar El Limbo, o en la versión desmitificadora presentada por Nacho Herranz en 2017, La Movida vista por los jinchos.

[Malasaña como escenario de cuentos y novelas]

Sin embargo, el lado de más oscuro del centro de Madrid ha acogido buenos ejercicios de literatura negra. Es el caso del Toni Romano de Juan Madrid, que frecuentaba la librería Fuentetaja o el café Pepe Botella. El mismo escritor situó al fotógrafo protagonista de Días contados en el barrio, haciendo una guía, precisamente, de la Movida. Sin duda, la de Romano era una Malasaña más color ceniza, poblada por yonkis, cuyos estertores encontrarían acomodo en uno de los exitazos de los noventa, Historias del Kronen.

Hoy, las calles empedradas de Malasaña siguen apareciendo al fondo, detrás de líneas impresas negro sobre blanco. Nosotros dimos noticia de algunas novelas malasañeras publicadas en 2017. Malasaña Bronx es una historia negra, picaresca y gamberra en la que Manuel Moreno Capa recupera la singladura real de una vieja corrala de la calle Santa Lucía, con ecos especulativos que resuenan fuerte en 2018. Por su parte, Alicia Flon trata de atrapar, en De Maravillas a Malasaña, el cambio social operado en el barrio desde la posguerra hasta la Transición a través de la vida de sus vecinos.

Probablemente, nunca sabremos cuántas historias se han escrito pautadas por nuestras calles -quizá ahora esté tecleándose alguna nueva-, pero os dejamos tarea (unos cuantos centenares de páginas para recrear otras Malasañas), y una pregunta…

…¿conocéis más historias literarias que transcurran en Malasaña? Dejadlas en los comentarios de este artículo.

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