López Sierra: el último verdugo español acabó siendo portero en Malasaña | Somos Malasaña

López Sierra: el último verdugo español acabó siendo portero en Malasaña

El cuello del anarquista Salvador Puig Antich fue el último que el lazo de hierro del garrote vil apretó en España en cumplimiento de una sentencia de muerte. Quien la aplicó, Antonio López Sierra, actuó de igual manera en otras 16 ocasiones a lo largo de 22 años. El último de la larga lista de "ejecutores de sentencias" españoles acabó viviendo, junto a su mujer, en una portería del barrio de Malasaña

Edificio del número 11 de la calle de Monteleón, donde la mujer de López Sierra trabajaba de portera y donde vivió la familia del verdugo | SOMOS MALASAÑA

Puede que el nombre de Antonio López Sierra (1913-1986) diga poco o nada a la mayoría de españoles de hoy en día, pero perdurará en la historia como el del último “ejecutor de sentencias” que dio muerte en España por garrote vil. El pasado 2 de marzo se cumplieron 45 años de la ejecución del militante anarquista Salvador Puig Antich, último agarrotado en el país y último también de los 17 reos que ajustició en su carrera profesional un López Sierra que acabó trabajando y viviendo junto a su mujer en Malasaña, en la portería del edificio del número 11 de la calle de Monteleón.

La pena capital se abolió en España con la llegada de la democracia y López Sierra cambió lo de apretar gaznates por las labores propias de la portería. “En el barrio muchas personas sabían quién era y a qué se dedicaba en realidad, pero de eso nadie hablaba”, recuerda una vecina mayor de la calle Monteleón. En el vecindario, el verdugo no era alguien popular, sino más bien un apestado social.

De izquierda a derecha, Salvador Puig Antich, Pilar Prades y José Luis Jarabo, tres de los reos más famosos de los ajusticiados por López Sierra.

Helios Mata, propietario del Café Ajenjo, en la cercana Galería de Robles, era una de las pocas personas con las que López Sierra hablaba, ya que paraba, de tanto en tanto, a tomar una cerveza en su local. “Era un hombre bajito y regordete al que le gustaba charlar de todo. Se sentaba siempre en la barra y me daba palique. No ocultaba quién era ni a qué se había dedicado. A mí tardó una cuantas visitas como cliente en contármelo. Decía no entender por qué la gente del barrio no le hablaba. En el edificio en el que trabajaba nadie le dirigía la palabra. Insistía en que él sólo había hecho un trabajo con el que pudo sacar adelante a su familia y que hubiera realizado cualquier otra persona de no haberlo cogido él. Yo le dije que a mí no me importaba y que no tenía problema en tratarlo como a cualquier cliente y aquí venía”.

Esa imagen de un López Sierra hablador que ofrece Mata casa perfectamente con la que se refleja en el filme Queridísimos verdugos, película documental de Basilio Martín Patino, quien en 1973 -aunque la cinta no se estrenó hasta 1977- puso su ojo de cineasta en tres verdugos a los que hizo protagonistas de su filme. Sobre esta película, López Sierra echaría pestes en una entrevista que le hicieron en 1977 en Interviu -previo pago-, acusando a sus responsables de haberlo engañado: primero al hacerle creer que lo que estaban rodando saldría en el NO-DO y no en el cine y segundo por haberle dado 35.000 pesetas por su participación en ella en lugar de las 50.000 pesetas supuestamente prometidas.

La entrevista con Interviu se produjo estando Queridísimos verdugos de estreno en la Gran Vía y López Sierra no deseaba salir en más fotografías. De lo publicado, se extraen algunos datos de lo que era por aquel entonces su vida en Malasaña: tenía 65 años, en su carnet de identidad ponía “funcionario” como profesión y, precavido, no se alejaba demasiado del vecindario; si salía del entorno decía que tenía que avisar a la Policía primero. También en ese texto se dice que no era a él a quien le tocaba haber ejecutado a Puig Antich, sino que era cosa de su compañero Copete, quien por estar preso cuando se ejecutó la sentencia no lo pudo hacer. En la imagen que acompaña a la entrevista, López Sierra aparece leyendo el periódico en un banco, con pinta de inofensivo jubilado.

Entre 1952 y 1974, López Sierra, ejecutor de sentencias de Madrid, fue el encargado de ajusticiar reos en España junto a otros tres compañeros de profesión: Bernardo Sánchez Bascuñana, Vicente López Copete y José Monero Renomo. Entre las personas más famosas a las que dio muerte López Sierra, además del ya citado Salvador Puig Antich, se encuentran los mediáticos Pilar Prades, la envenenadora de Valencia (11 de mayo de 1959) -última mujer agarrotada en España- y José María Jarabo (4 de julio de 1959).


Antonio López Sierra, en la película Queridísimos verdugos

El buscavidas que acabó siendo el “ejecutor de sentencias de Madrid”

López Sierra nació en una familia pobre de solemnidad, aprendió temprano el oficio de cerrajero y pronto también acabó condenado a 12 años de cárcel por un atraco en una gasolinera. De la cárcel vio salida alistándose en el 36 en la Legión para luchar con el bando nacional y al acabar la guerra “como en Badajoz no había más que hambre, me tuve que presentar voluntario para la División Azul”, declara ante la cámara de Martín Patino. Posteriormente, trabajó como barrendero en Berlín hasta que se hizo pasar por sifilítico para lograr que lo repatriaran. De vuelta a una España sin trabajo y ganándose la vida en el estraperlo fue cuando un policía secreta le preguntó que si tenía valor para ser verdugo. “Lo mismo me da que sea verdugo, dándome de comer…” Así fue como Antonio López Sierra se inició en un oficio para el que “hay que tener un corazón muy duro”, reconocía él mismo en el imprescindible Queridísimos Verdugos.

El último hombre en dar garrote en España murió en 1986 y fue enterrado en el cementerio de Carabanchel, lugar de Madrid al que llegó primeramente desde su Badajoz natal a finales de los años 50. Según un artículo publicado hace unos años en el País, curiosamente, su nicho se convirtió en lugar de peregrinación morboso para nostálgicos de la pena de muerte y franquistas, hecho que llevó a que su familia decidiera incinerar sus restos pasados 10 años de su muerte. En ese mismo artículo se dice que López Sierra siempre actuaba con unas copas de más, como buscando fuerzas en el alcohol para poder cumplir con su deber y son distintos los testimonios tanto ahí como en la película de Martín Patino que no hablan de él como de un gran experto en la técnica del garrote, para desgracia de los ajusticiados. Lo cierto es que no había una escuela de verdugos y el oficio se transmitía de aquella manera de unos ejecutores a otros.

Se da por cierto que la vez que más temblaron las piernas a López Sierra a la hora de una ejecución fue cuando tocó agarrotar a Pilar Prades. Al parecer, el hecho de que La envenenadora de Valencia fuera una mujer joven lo paralizó hasta el punto de que tuvo casi que ser conducido en volandas, con varias copas encima, a cumplir con su deber. Este hecho real serviría de inspiración a Luis García Berlanga para una escena de su película El Verdugo, cuando al final de la cinta se ve cómo Nino Manfredi, el protagonista, es llevado a rastras por los guardias de la prisión para realizar su primera ejecución.

En Malasaña, de López Sierra queda solo hoy en día un vago recuerdo y un hijo suyo que se quedó viviendo en la portería que trabajaron sus padres -hasta ser expulsado de ella- y que sigue frecuentando algunos bares de la zona. Algunas personas que coincidieron con él y con las que hemos contactado contestan de forma escueta, con evasivas o, directamente, dicen no poder ayudarnos. Da la sensación de que mucho después de muerto, la gente sigue sin querer hablar con él.

EL MUY ESPAÑOL GARROTE VIL

El garrote vil fue la forma oficial de ejecutar reos en España desde que así lo decidiera Fernando VII en 1820. A un palo fijo se ajustaba un collar de hierro atravesado por un tornillo que al ser apretado debía de romper el cuello del ajusticiado y propiciarle una muerte casi instantánea. Sin embargo, el resultado final del ingenio dependía mucho de la pericia del verdugo y de su fuerza física, porque de encontrarse con un cuello poderoso el deceso acababa sobreviniendo por estrangulamiento y la agonía del reo se podía prolongar más de 20 minutos, tal y como se afirma que ocurrió con Jarabo, ejecutado por López Sierra.

En la época en la que actuó nuestro antiguo vecino, la pena de muerte hacía ya muchas décadas que no se aplicaba de forma pública, sino en los patios de las prisiones. En Madrid, la última ejecución por garrote que se práctico de forma pública fue en 1890, congregó a más de 20.000 espectadores y la protagonista pasiva de la misma fue Higinia Balaguer, condenada por el Crimen de la calle Fuencarral. Seis años después, Josefa Gómez Pardo ‘La Perla’, tuvo el dudoso honor de ser la última persona agarrotada públicamente en toda España, en una plaza de Murcia, por el envenenamiento de su marido y de una criada que apuró la bebida del primero.

Por último, cabe destacar que, aunque, tal y como hemos dicho, fue López Sierra el último verdugo en agarrotar a alguien en el país, esa no fue la última vez que se aplicó la pena de muerte en España:  poco más de año y medio después de lo de Puig Antich, el 27 de septiembre de 1975, se fusiló a cinco personas en Madrid, Barcelona y Burgos. Los verdugos en esa ocasión fueron diversos grupos formados cada uno por 10 policías y guardias civiles, que se presentaron voluntarios.