Malasaña, mi barrio, no es un lugar accesible | Somos Malasaña

Malasaña, mi barrio, no es un lugar accesible

Hablar de accesibilidad y de conseguir una ciudad con un diseño para todos significa hablar de derechos y de igualdad. Se necesitan ciudades-espacios que permitan vivir la vida, contextos que permitan a muchas personas volver a las calles, a las plazas y abandonar el destierro invisible de sus propias casas

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Por Alberto Godoy. Sociólogo

A tan solo seis meses para que se celebren las elecciones municipales, creo que puede ser un buen momento para plantearnos qué tipo de ciudades queremos.

Si hablamos de ciudades, tenemos que hablar de sus barrios. Malasaña, que es mi barrio, como titula este articulo, no es un barrio accesible, pero tampoco lo son los otros barrios de Madrid y por desgracia no lo son la mayoría de los barrios y ciudades de España.

Cuando digo que no son accesibles quiero decir algo que a estas alturas todos deberíamos entender. No es que haya rejas, vallas, alambradas y muros que separen los espacios y prohíban el poder circular y transitar a los peatones (al menos de momento).

Los muros y rejas son de otro tipo, las barreras suelen ser las que el mal diseño y la mala planificación urbanística de nuestras ciudades ocasionan, y las que las nefastas políticas de distintas administraciones provocan, en las que priman más intereses especulativos y mercantilistas que las necesidades reales de la ciudadanía. Se apuesta por campañas de imagen y de marketing de obras ostentosas y horteras, en vez de por proyectos inclusivos y sostenibles con proyección de futuro.

Escuchamos y leemos a diario términos como Accesibilidad Universal, Diseño para todos, Ciudad Inclusiva, Ciudad Sostenible pero, ¿sabemos exactamente lo que estas palabras significan, a qué se refieren? Y, sobre todo, lo que es más importante: ¿podemos decir si lo que estos términos conllevan, se adecúan, son aplicables a nuestros barrios y ciudades?

La falta de accesibilidad significa no poder transitar libremente por la calles y aceras de nuestros barrios, poder acceder a los distintos espacios en condiciones adecuadas y de manera igualitaria para todos, independientemente de que se sea joven o mayor, se sea un atleta o una persona con problemas funcionales y con movilidad reducida, alta o baja; se desplace a pie, con bastón, andador, muletas o se vaya en silla de ruedas.

En muchas ocasiones, los bordillos, bolardos, desniveles y roturas en el suelo, como ocurre en los centros históricos de las ciudades, como Malasaña, implica que dar un paseo, ir al trabajo, ir de compras, al centro de salud o a realizar alguna gestión, se convierta en una carrera de obstáculo de alto riesgo.

Los problemas de movilidad y falta de accesibilidad en las ciudades no solo vienen originados por el mal diseño técnico y la mala planificación urbanística que se hace desde las corporaciones municipales, también es consecuencia del deterioro por el uso y mal uso de los espacios públicos y por la falta de cuidado y mantenimiento de las calles.

Las ciudades y, sobre todo, los centros urbanos, son cada vez más territorios enormemente masificados y en los que términos como gentrificación y turistificación expresan todo su contenido y cobran todo su sentido, produciéndose especialmente en determinas fechas y horas una autentica invasión de gente, con sus carreras y empujones, sus maletas y bolsas de las compras, ahora también con sus bicis “ecológicas” y sus nuevos patinetes eléctricos, con los que hasta el momento circulan y aparcan donde quieren a falta de una reglamentación clara.

Todo esto, supone un problema añadido para la accesibilidad y para las personas con movilidad reducida, para hacer una ciudad inclusiva y diversa.

Algunas calles de mi barrio, son calles con aceras estrechas que podían tener su encanto, pero este encanto lo dejan de tener cuando las ves ocupadas por bolsas, cajas y cubos de basura que las hacen feas e intransitables. Lo mismo ocurre con calles y plazas más anchas, que aunque disponen de más espacio, también son sobreocupadas por mobiliario abandonado, por “desechos” de los negocios y tiendas, por el cada vez mayor número de puntos de almacenamiento para la recogida de esos “restos”, por coches y furgonetas de carga y descarga de mercancías y por zonas de acumulación de “sobras” permanentes.

Cada vez hay más terrazas de bares y restaurantes con exceso de mesas y sillas que ocupan un espacio público que debería de ser para algo más que para el consumo,

A todo ello habría que añadir el cada vez mayor número de contenedores, unos fijos para la retirada y el reciclaje de residuos y otros ocasionales para las obras de construcción en reformas y arreglos de servicios públicos o de casas y negocios particulares.

Todo ello evidentemente también actúa en detrimento de la movilidad de las personas que transitan y pasean, incumpliéndose en muchos casos las normativas municipales y las más elementales normas de respeto y convivencia.

Llegados a este punto quiero hacer un paréntesis, un apartado para hablar sobre la accesibilidad en los lugares “abiertos al público”: tiendas, locales de ocio, cines, teatros, bares y restaurantes de nuestros barrios y ciudades y, como estoy hablando de Malasaña, voy a referirme a este barrio como ejemplo de lo que quiero exponer y denunciar.

Malasaña es un barrio ampliamente conocido, ha sido un símbolo de muchas cosas y ha estado asociado a movimientos de renombre mundial, basta con recordar “La Movida Madrileña”, que pese a la literatura “sobrada” y sin fundamento que en muchos casos se narra, es indudable que este barrio fue el epicentro de ese “Movimiento”, por llamarlo de algún modo. Malasaña fue el barrio que sobre todo en los años ochenta fue el espacio más representativo en el que nacieron grupos musicales de los que entonces llamábamos “Nueva Ola” y alrededor y en torno a ellos surgían bares y locales (y otros proyectos creativos e innovadores) donde en gran parte se vivía por y para la música, pero también para el encuentro, para las citas de grupos de jóvenes de las distintas “tribus” que por entonces habitaban nuestros barrios. Mencionaremos solo a algunos de ellos como ejemplo de a lo que nos referimos:

“El Penta”, en la Corredera de San Pablo o “La Vía Láctea” en Velarde, junto a la Plaza del Dos de Mayo, (otro sitio emblemático de siempre) dos locales que eran considerados verdaderos templos de “La Movida”. Pero había muchos más, el SUXI Q. en la calle Noviciado, el Yasta en Valverde, el San Mateo en esa misma calle o el Agapo en la calle Madera, por mencionar algunos. Lo mismo ocurre si hablamos de cervecerías, restaurantes, bares o casa de comidas, algunos míticos, como El Palentino, en la calle del Pez, El Bocho en San Roque, Casa Fidel en Escorial o La Ardosa en la calle Colón.

Perdonadme esta pequeña excursión en el recuerdo por estos lugares vividos y tantas veces disfrutados, pero no es una distracción involuntaria. El objeto, al repasar estos y tantos lugares entonces pateados, viene a cuento para enlazar con lo que es el tema central que hoy nos ocupa: La Accesibilidad Universal y el Diseño para Todos/as.

Pasados 40 años de la época antes comentada, ”Los ochenta”, vemos que han cambiado muchas cosas en el mundo, en los trabajos, en los hábitos de ocio, en las formas de consumir y divertirse, de viajar y relacionarse, de acceder a la cultura, a la información o en la manera de comunicarse, por citar algunos campos.

La aparición de internet y de las nuevas tecnologías, de las apps y de las redes sociales, han supuesto una revolución con unas consecuencias que nadie podría imaginar y que en el umbral de la época de la realidad virtual y la robótica en la que ahora ya estamos, nadie puede predecir claramente hacia adonde iremos y cómo será el mundo que nos espera.

Es cierto que han cambiado muchas cosas en positivo en nuestra ciudad a favor de la accesibilidad: se han restaurado zonas y calles (pocas, muchas menos de las que están sin arreglar) En algunas de estas reformas se han eliminado los bordillos y saneados los pavimentos y empedrados. Hoy los trasportes públicos de Madrid, Metro y Autobuses de la EMT, dan más posibilidades para poder viajar y desplazarse a personas con diversidad funcional, más fácilmente en los autobuses que en el Metro (no en todos los autobuses, y si las plataformas para sillas de rueda no se rompen, algo que suele ser bastante habitual. Y en el Metro, si se encuentra una estación que no solo tenga escaleras, como todavía hay muchas)

Madrid con la puesta en marcha de Madrid Central, las reformas de la Gran Via y la prevista de la plaza de España, cierra este mes el centro a los coches, ha arreglado en esta zona las zanjas y ha ensanchado las aceras. Avanza así, como otras ciudades, aunque tímidamente, por reducir el trafico y peatonalizar su centro.

Creo que estas medidas son positivas, aparte de luchar contra la contaminación del aire deberían servir para mejorar la movilidad de las personas y lograr una mayor accesibilidad. Espero que estas medidas se amplíen a otras calles del centro y por supuesto a las de los otros barrios, aunque por ellas pasen menos gente y sean menos emblemáticos y mediáticos.

Como ha manifestado el presidente de la Federacion Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid, Quique Villalobos, “el enfoque del Ayuntamiento ha sido excesivamente centrifugo”. En los barrios del extrarradio, aclara, “también se necesitan con urgencia esa recuperacion de espacio publico y medidas de calmado de trafico.”

Siendo cierto estos pequeños avances, también es cierto que todavía hay otras cosas que no han cambiado: de los 500 bares contabilizados en Malasaña, según datos de las asociaciones de vecinos y comerciantes de la zona, no más de cinco tienen una entrada y un baño accesible para poder pasar, no hablo ya de que cumplan con todas las condiciones que se establecen desde los distintos organismos y normativas Europeas, Nacionales y Municipales.

Lo mismo ocurre si hablamos de otros establecimientos, da igual que sean tiendas de moda, librerías, galerías de arte, droguerías, peluquerías o tiendas de alimentación, sean nuevas o viejas, “básicas” de precios populares o gourmet y de precios “de lujo”.

De los cinco teatros que hay en el barrio (no cuento los de la Gran Vía) solo dos, El Teatro Victoria -en la calle del Pez- y el Teatro Maravillas -en Manuela Malasaña- podríamos decir que tiene esas dos partes necesarias (entrada y baño) accesibles.

Por cierto, hablando de la Gran Vía, en muchos establecimientos, incluidas los de algunas grandes firmas de moda como Cortefiel, por poner un ejemplo de lo malo, o algunos hoteles, restaurantes y cafeterías, la accesibilidad brilla por su ausencia y para entrar, salir o ir al baño se tiene que hacer un maratón, a veces pasando por en medio de las cocinas o entre sus almacenes y los cuartos de los cubos de basura.

Por poner otro ejemplo de la falta de interés por la accesibilidad para todos/as podría decir que en algunos cines de renombre no tienen nada más que una sala con accesibilidad para personas con movilidad reducida, para personas en silla de ruedas, como es el caso del famoso Cine Callao o el del Palacio de la Prensa.

Resulta curioso que cuando preguntas a los propietarios o responsables de estos locales (ya sean tiendas, restaurantes, bares o teatros…) por qué no son accesibles sus locales siempre te contestan buscando una justificación, responsabilizando a otros como los culpables de que su espacio no sea accesible y ese culpable suele ser casi siempre la Administracion y, especialmente, el Ayuntamiento. A esta versión del escaqueo no le faltan razones en muchos casos y las respuestas pueden ser de las más variadas y en muchos casos pintorescas y contradictorias, pero por resumir suelen ser del tipo: que es un espacio protegido y nos les dejan, que tiene calificación -de no sé qué- por Patrimonio, que el Ayuntamiento no da licencias nuevas y aunque la actividad sea la misma pero ejercida por otro empresario no permite hacer reformas, aunque estas sean para mejorar los espacios y permitir la accesibilidad en los mismos; o buscar la responsabilidad en otras administraciones: “Es que depende de La Comunidad”, “Es que depende de Patrimonio Nacional..”

Siendo verdad que les dan estas razones (lo de que la culpa es de las administraciones) no se puede olvidar y dejar de criticar el desinterés y la falta de empatía de muchos empresarios de estos negocios con las personas con diversidad funcional y con problemas de movilidad. Hay veces que con una pequeña reforma que no “atenta contra las normativas municipales” o un pequeño sistema de apoyo o asidero se podría solucionar parte del problema, pero a veces no se es capaz de gastar ni 25 euros en una barra o un asidero para el baño, que aunque no sea la solución total podría ayudar a estas personas, o en restaurantes en donde había un baño en planta y no se tenía que bajar escaleras se ha eliminado para poner otra mesa con 4 sillas y se cambia el baño a la planta de abajo sin poner ningún medio para acceder al mismo (plataforma, silla salva escalera u otros.).

Por otro lado, diré algo sobre “Las Normativas Municipales”. Se supone que estas están hechas para regular y, como su propio nombre indica, para fijar normas municipales a cumplir. Ahora bien, creo que estas se hacen para mejorar y ayudar a la ciudanía en general y por lo tanto hay que ver el contexto y el objetivo de las mismas, creo que las normativas son necesarias y no estoy en contra de las regulaciones, pero invito a repasar cuántas de ellas son inservibles, anticuadas y alejadas de la realidad y del objeto que se supone a las que están destinadas.

Sería bueno que las nuevas corporaciones municipales tengan un mayor contacto con el mundo de la Diversidad Funcional a través de personal formado para esta tarea y tener una mayor relación con este colectivo y el tejido asociativo que trabaja en este ámbito.

He hablado de Malasaña porque es mi barrio, el barrio en el que vivo y trabajo, en el que paso los días desde hace más de 40 años y porque creo que en sus calles y su entorno se manifiesta lo que es vivir en el centro de las ciudades y, más aún, en una gran urbe como es Madrid, donde puede confluir todo lo bueno y todo lo malo que la ciudad genera y porque creo que puede ser un buen ejemplo de lo que es ahora un barrio central y lo que me gustaría que fuese un barrio y una ciudad del mañana.

Después de esta visión crítica, sobre mi barrio y sobre el estado de los barrios céntricos de las ciudades, se me podría preguntar: “¿Y por qué no te vas, te cambias a otro sitio…?”

Podría contestar que una decisión de ese tipo se escapa a veces de las posibilidades físicas o materiales de cada uno, pero no es mi caso, y porque pese a la crítica hecha de cómo están los barrios del centro de las ciudades quiero decir que a mí me gusta vivir en Madrid y me gusta mi barrio, me gusta que haya gente y que haya tiendas, bares, cafés, terrazas, cines y teatros y me da la gana vivir aquí; lo que no me gusta es que mi barrio esté sucio, con ruido permanente, con invasión de turistas, con narcopisos y con las aceras y pavimentos hechos una pena que lo haga inaccesible.

Podría dar también otra respuesta a la pregunta anterior con algo que se corresponde con mi realidad y con mis valores de cómo entiendo yo las cosas y por eso me ha parecido muy oportuno recuperar un texto con el que Joan Subirats, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona, inicia un artículo reciente:

“Las ciudades viven las tensiones del cambio de época de manera cada vez más intensa. Y no siempre sus estructuras urbanas, el diseño de sus calles y barrios ayudan a que esas tensiones se puedan encauzar creativamente. Es evidente que el conflicto es inherente a la condición humana y las ciudades concentran mucha humanidad y, por tanto, mucho conflicto (…) La posibilidad (de ese conflicto) es precisamente lo que ha hecho y sigue haciendo atractiva a la ciudad, a pesar de sus estrecheces…”.

Por desgracia, en un planeta, en un mundo que se nos hace cada día más pequeño, las ciudades se nos hacen cada vez más grandes, se nos hacen cada vez más extensas y a veces cada vez más extrañas.

Lejos de amedrentarnos, venirnos abajo y renegar de nuestra ciudad, los que confiamos en el potencial que tiene, tenemos que dar nuevos impulsos y trabajar para crear ciudades sostenibles para vivir bien en ellas y disfrutarlas, y esto significa hacer ciudades donde la belleza y la función se complementen para hacer de estas un lugar de encuentro que favorezca el contacto.

Volviendo al artículo de Subirats, antes comentado, tenemos que trabajar por “unas ciudades diseñadas no solo por los que creen que saben cómo hacerlo, sino también que cuente con los que en ella viven, los que la discuten, los que resisten y se enfrentan a sus problemas y conflictos..”

En ese sentido y desde otra perspectiva, es lo que estamos intentando hacer un grupo de vecinos con la campaña SOS Malasaña, en la que se ha dicho “Basta”, denunciando un gran número de problemas que tiene el barrio, en el que los de la movilidad y falta de accesibilidad son unos más de una larga lista, y que muchos son comunes a los de otros barrios del centro de Madrid y de otras grandes ciudades, como ya he reiterado.

Hemos pedido a las autoridades que se nos escuche para discutir vías de solución a los problemas del barrio. El Ayuntamiento se ha reunido con nosotros ya en dos ocasiones y se ha conseguido entregar personalmente a Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, una carta describiendo la situación y para buscar vías de soluciones, habiéndose comprometido la Alcaldesa a recibirnos en breve.

Puede ser una buena ocasión para repensar y proponer qué ciudad queremos.

¿Qué ciudades queremos?

Queremos ciudades justas, bellas, creativas, ecológicas, feministas, policéntricas, accesibles y diversas.

Queremos hacer una ciudad igualitaria y amiga. Una ciudad igualitaria es una ciudad inclusiva, una ciudad amiga es hacer una ciudad amable, paseable, acogedora, hospitalaria, mestiza, plural y tolerante, donde la educación y la cultura deben ser un punto de partida que eduque en los valores de la solidaridad y el respeto y en donde todos, con nuestras diferencias, nuestros gustos, nuestras tradiciones y nuestras aficiones podamos ocupar un espacio compartido y disfrutarlo.

Para terminar quiero comentar algo que desde los máster de accesibilidad de la ONCE y otras organizaciones insisten, y que viene muy a cuento para ponerle el punto final a este artículo: hablar de accesibilidad y de conseguir una ciudad con un diseño para todos significa hablar de derechos y de igualdad.

La igualdad no consiste en ser iguales, la igualad consiste en tener los mismos derechos y oportunidades todas las personas. Antes de aspirar a la igualdad es imprescindible tener el derecho a ser uno/a mismo/a, a la propia identidad, a ser hombres y mujeres, altas o bajas, cojas o ciegas, a ser homosexuales o hermafroditas, a tener síndrome de Down o autismo.

Sin la diversidad, sin una ecología humana de mil identidades, la igualdad pierde su sentido, su valor ético y su compromiso con lo que quiera que sea el ser humano y la libertad.

Sería muy bueno poder contar en nuestras ciudades con profesionales de la innovación ciudadana, profesionales relacionados con el mundo de la accesibilidad que, además de ser expertos en cuestiones técnicas o legislativas, tengan una amplia formación humanista y un fuerte compromiso social y puedan ayudar en el debate en torno a preguntas como: ¿qué problemas hay que solucionar o mitigar? ¿cuáles son las vías más apropiadas para conseguir esto? ¿cómo integrar a las personas con necesidades de accesibilidad en los proyectos de diseño, como fuentes de innovación y no solo como usuarios consumidores finales de productos y servicios?

Para dar respuesta a estas preguntas es clave adoptar una aproximación crítica a la concepción tradicional de la diversidad funcional/normalidad, lo que nos ayudará a situar a todos los ciudadanos/as en el centro de este proceso de estudiar, re-conocer y conversar sobre la accesibilidad de nuestras ciudades y los espacios y los servicios que en ella se ofrecen.

Entre toda la ciudadanía, las personas con necesidades de accesibilidad tienen mucho que aportar, son las auténticas expertas en accesibilidad, porque en última instancia la accesibilidad es antes que cualquier otra cosa una experiencia personal y esa experiencia tiene la potencialidad de ser uno de los mayores motores de igualdad, de innovación, de avance social, humano y urbano.

Tomar esta perspectiva sería clave para enfrentarse al gran reto de diseñar nuevas ciudades y nuevos espacios que habitar más allá de la puerta de la casa. Ciudades-Espacios que permitan vivir la vida, con los límites que cada cual se quiera imponer, contextos que permitan a muchas personas volver a las calles, a las plazas y abandonar el destierro invisible de sus propias casas, espacios que permitan elegir el aislamiento como un ejercicio de libertad personal y no como única alternativa posible.

Alberto Godoy, sociólogo y director de CR Godoy y Asociados, es también miembro activo de distintos colectivos sociales que operan en Malasaña