Café acerbo, hipsters mustios y bollería feliz en Misión Café | Somos Malasaña

Café acerbo, hipsters mustios y bollería feliz en Misión Café

Un lugar para disfrutar especialmente de la bollería, no tanto del café. Con una propuesta salada original, está bien para hacerse un brunch en un ambiente «hipster, demasiado hipster»

Prefacio: los hipsters

El término hipster parece ser que fue acuñado en 1940 para referirse a blancos «raritos» a los que les gustaba el jazz. Eran raritos porque en aquella época en EEUU el color negro, en la piel, no estaba muy bien visto y tampoco el estilo de vida de los músicos dedicados al boogie-woogie, el cual emulaban. Estos hipsters eran, por lo tanto, unos modernos movedores de caderas (hip significa cadera) al ritmo de la vida y la música jazzística.

Se recupera el término hipster, a partir del siglo XXI, para aplicarlo a unos «modernos» con maneras de vivir similares que, curiosamente (teoría conspiranoica posibol: movimiento comercial como promotor de toda esta subcultura), surgen prácticamente de manera simultánea en barrios de Brooklyn —Dumbo, Williamsburg y Park Slope—, Londres —Hoxton, Shoreditch y Hackney—, el 3er arrondissement parisino o Kreuzberg y Prenzlauer Berg en Berlín. Aquí, a Malasaña, llegaría más tarde la cosa, en torno a 2010 o así. En un principio se hablaba de ellos como «bohemios» o «bohemios urbanos», fue tras la publicación de The Hipster Handbook de Robert Lanham cuando se extendió el término hipster para denominarlos.

A los hipsters siempre se les ha tratado con cierta ironía. En el New York Times, para meterse un poco con Brooklyn y dejar claro que no es Manhattan, se denomina «Hipsturbia» a los suburbios gentrificados de dicha zona. Vamos, la eterna rivalidad de Villatripas de Arriba —u Oviedo— y Villatripas de Abajo —o Gijón— es aplicable también a Manhattan y Brooklyn.

Aquí Lana del Rey —de Manhattan de toda la vida— cachondeándose un poco de los hipsters:

En Londres, el fanzine Shoreditch Twat ironiza con respecto al entorno en el que se encuentra y la sitcom Nathan Barley parodia directamente a los hipsters acuñando el término «Nathan Barleys» para describir de forma peyorativa a las gentes de esta subcultura.

Aquí en España todos hemos visto parodias varias con las típicas barbas de los hipsters llenas de bolas de Navidad y los de Pantomima Full, de una forma u otra, caricaturizando a este grupo social, como a tantos otros. Por otra parte, aquí, en Malasaña, hubo un conato de serie al respecto de este mundillo, Hipsteria, de la que se habla aquí. Creo que no fue a más.

Supuestamente los hipsters pertenecen a clases medias-altas, se encuentran entre los 20 y 30 años, tienen trabajos creativos y políticamente no se definen. A partir de los 30 pienso que ya se van a las afueras —porque es hora de producir criaturas— y, aunque vivieron fenomenal en Malasaña, ahora quieren algo más natural. Por algo más natural se entiende un «endosado» en un lugar rodeado por otros 1500 «endosados» donde solo se puede ir en coche y el único árbol que ves —además de los de la acera de la urbi— es uno que has plantado en tu parcela de 5 × 5. Ah, la naturaleza toma formas inesperadas.

Bueno, con relación a su no-definición política, debo decir que han evolucionado en otros subgrupos de lo más particolari: véase los Hasidic hipsters, con su propia sinagoga hipster en el Soho, o los Nipsters, es decir, neonazis hipsters, defensores del medioambiente, veganos, defensores de los animales y xenófobos (¡alegría de vivir!).

También, supuestamente, existe el racismo y sexismo hipster, que es asumir que el sexismo y el racismo no existen y, de este modo, un hombre blanco puede utilizar irónicamente términos como negrata o zorrángana de forma natural (glups, aunque no practico el primer axioma el segundo sí, es decir, usar todo tipo de términos bestiales y políticamente incorrectísimos en mi comunicación diaria, a ver si voy a pertenecer a esta tribu urbana, ¡macachis!).

En general, no se definen porque odian las etiquetas —como toda la juventud— y pretenden ser diferentes y auténticos a base de escuchar música que los demás no escuchan, leer libros que los demás no leen, vestir ropas que los demás no visten; es decir, no seguir las modas. Pero, el no seguir las modas se ha convertido en una moda, ahora son tantos los que escuchan la música que los demás no escuchan, leen los libros que los demás no leen y visten la ropa que los demás no visten, que ellos mismos son tendencia. Así que está todo muy bien pensado.

Ellos no tienen mucha capacidad de crear, a pesar de ser gentes que viven del mundo de las artes gráficas y profesiones vinculadas al arte; son más bien dados al refrito culturalis, por los libracos y otras obras que se ven por ahí. A lo mejor tienen esas profesiones porque tienen amigos y tal, quién sabe.

Estéticamente han ido cambiando con los años, pero las barbas en los hombres, la ropa tipo hippies nórdicos —tira p’allá pero perfectamente colocada y carita, vintage con toques «lujuriosos» que no lo parezcan—, o los tatuajes son característicos. Otras cosas que les van son las gafas, especialmente a las féminas, llevar un libro en la mano, comunicarse poco —tipo peli finlandesa— y los abrazos largos e intensos pero no apasionados. La decoración industrial chic y esas cosas también les mola. Las bicis fixies, o de piñón fijo —ese invento absurdo—, la música electrónica menos mainstream, el postpunk o, incluso, el heavy metal, hacer ganchillo, encuadernar y publicar libros… También los triángulos son parte de su estética (con esto ya tenemos lista nuestra teoría conspiranoica estupendis: son masones). Entre tanto y no, debo decir que odio los triángulos, por si hay algún psicólogo que me ayude a entender el porqué.

Y, bueno, El dilema del omnívoro, libro de Michael Pollan, es su referente gastronómico y, por ello, el veganismo es parte de su filosofía alimenticia, aunque de modo ligerito, que si tiene que caer un donut con bien de grasa animal, pues cae.

Otra seña gastronómica característica son sus specility coffees —cafés donde se conoce y se cuida todo el proceso desde el grano hasta servirlo en la taza— y las breweries —véase las cervecerías, especialmente aquellas en las que el proceso de producción es artesanal—, establecimientos con los que están creando su propia globalización: no son Starbucks ni McDonalds, pero puedes encontrar este mismo tipo de locales en sitios recónditos, como Tailandia, porque a un hipster le ha dado por ahí y a los extranjeros les encanta porque se sienten como en casa. Autenticidad culinaria convertida en moda y en globalización, ¡muy guapo!

Aquí tenéis otras cositas culinarias que les gustan a los hipsters. El kombucha es un elemento fundamental de la gastronomía hipster.

 

Premisas

El Misión Café, un domingo a las 10:30 de la mañana, está lleno hasta arribón. Así que, si vais, id a las 10:00, nada más abrir, si no queréis quedaros en la grada.

El Misión Café tiene una grada para tomar el café, una grada incómoda y que, estéticamente, es curiosa. Cuando todas las mesitas y la barra están llenas, te quedas castigado en la grada. Si vas a tomar un espresso rapidito no está mal. Si pretendes tomar un plato salado, bollería y más, entonces puede resultar una tortura.

El Misión Café es un Williamsburg en la Calle de los Reyes n.º 5. Hay hipsters —entre el servicio y entre el público— y ofrecen Speciality Coffee procedente de Hola Coffeeun proyecto donde seleccionan y tuestan cafés de los que saben toda su trayectoria. Además, tienen unas cafeteras curiosas, las Modbar, con una estética muy chula, tipo grifo de cerveza.

 

Introducción

Llegamos al Misión Café y estaba bastante lleno, pero mal aprovechado, y el chico que nos atiende nos deja en la grada. Nos quieren servir allí, pero nosotros queremos comer seriamente y no es cómodo comer con el plato encima de las rodillas. Estábamos para foto, los tres, tipo Pantomima Full (PLANAZO). A propósito, aquí rodaron uno de sus maravillosos sketchs (Da el salto de Twitter a Twitter).

Una chica muy amable que atendía, vio que en una barra que se encuentra frente a la cocina (vista) había dos personas (humanas, no caninas) sentadas ocupando, con sus enseres, un lugar y unas sillas que podrían ocupar 5 seres y tuvo la gran idea de que se recolocasen. Estas personas eran hipsters, estaban muertos por dentro, recolocarse —con rabia contenida y estreñimiento facial— les costó Dios y ayuda. M. quería ponerse a su lado para darles un codazo (no) reglamentario, se lo merecían, pero La, conciliador, ocupó la zona de contacto (AMBIENTAZO). Les dedico esta bonita canción a esta pareja de hipsters zombis.

Ánimo, ¡mueve tu cuerpo! ¡Tú puedes, tienes dos piernas y bracitos, hale!

 

 

La parte líquida

Bueno, bueno, bueno, el café es un elemento conflictivo, problemático, es como lo de «Como las croquetas o la tortilla de mi madre ninguna». Es un gusto adquirido desde muy temprana edad y que nos condiciona a lo largo de nuestras vidas. Dependiendo de la cerrazón mental y degustativa de cada uno, de sus experiencias viajeras y de su capacidad de desvincularse de las raíces uno irá aprendido que, posiblemente, si has nacido en España, te has educado con un auténtico café de mierda, ácido a más no poder y carente de matices aromáticos, tal vez porque es torrefacto (es decir, tostado con azúcar). Es lo que hay, en España no destacamos por el café, sí por el jamón.

Yo no soy cafetera, pero sé reconocer el aroma de un buen café y distinguirlo de esos aromas que destilan muchas spanish cafeterías a leche rancia y café quemado. Entiendo que a uno le guste su café ácido y sin matices de toda la vida, es una costumbre. A mí me gusta la bollería atroz de algunos quioscos. Pero nunca defendería que es bollería de calidad, es un asco, es una perversión infantil propia, como el café de mierda en España.

Bueno, pues en este sitio tienen cafés, de Guatemala, de Honduras y de otros lugares, con su origen y sus notas de cata escritas en un papel a la entrada. Cafés con trazabilidad total que tuestan los de Hola Coffee.

La (denominación de persona, no artículo determinado) probó el café con leche (3,20 €). Según él, normal, bonita presentación, leche buena. No opino al respecto.

Después, se decantó por un café de filtro (2,00 €); yo traté de sacarle aromas y me resultó bastante plano. La lo probó, le pareció excesivamente amargo y aguado. Pocos matices. He de decir que La es un degustador de cafés nato, de pequeño se dedicaba al café de filtro, en Portugal cafés del lugar, en Múnich cafés italianos, sabe de lo que se habla, no es un improvisado.

M. y yo elegimos cacao caliente (3,60 €), bien, sencillo, agradable, nada destacable.

Muy buena cosa que, junto a las bebidas calientes, tienen la deferencia de poner un vasito de agua, como antiguamente. Es un detalle y es necesario. Además, tienen un grifo al final del local para que uno se sirva el agua que desee.

M. y yo, preocupados porque en un sitio donde se enorgullecen principalmente de sus cafés —y con respecto a los cuales hay reseñas llenas de elogios en todas partes (1, 2, 3, picadora Moulinex)—, dichos cafés no nos digan nada, volvemos a la carga días después a probar el espresso (2 €), el café por excelencia.

Lo que sucedió después te sorprenderá…

El café espresso era tan plano como los anteriores y con exceso de aromas/notas amargas y ácidas, es decir, o los cafés de este lugar están hechos para/por españoles tradicionales y algunos extranjeros despistados (americanos, chinos u otros que aún no han probado el café italiano/portugués) o nuestras papilas gustativas y nuestro olfato están perdiendo facultades. Yo, obviamente, me decanto por lo primero. M., napolitano de pura cepa, lo define, de forma certera, como una ciofeca.

Yo probé el té kombucha (4 €), recordando el maravilloso pseudovermú de kombucha con espuma de naranja que me pusieron en El Invernadero. Y, bueno, mejor no comparar. En cualquier caso, el kombucha no estaba mal, con su gas natural de fermentación y su acidez con delicado retrogusto a manzana y cítricos. Tenía algo de sidra en su estadio justo posterior a la sidra dulce.

 

La parte sólida salada

M. elige tostada de salmón marinado, berros, huevo campero, pan de semillas, ricotta y vinagreta de cítricos (10,00 €). El salmón marinado en el establecimiento resultaba particularmente fresco gracias a la vinagreta de cítricos con que iba acompañado; ese retrogusto ligeramente dulce del salmón encontraba en la vinagreta (¿con yuzu?) el contraste perfecto. El pan negro de la base, de tacto firme, es típicamente nórdico y los berros aportan verdor y crujiente. Un conjunto muy agradable.

Yo me decanto por la tostada de hogaza con guiso de garbanzos, espinaca, kéfir y cebolleta (7,50 €) más un huevo campero a baja temperatura (2 €). Una revisión de los típicos garbanzos con espinacas y pimentón a la que se le añade kéfir y cebolleta. Los garbanzos al dente pero en su conjunto resultaba un guiso con toque exótico fácil de degustar, no fantástico.

La prefiere el Carlitos (8,50 €), pan tipo brioche con panceta marinada, hojas de espinaca, algo de mostaza (creo), cebolla pochada y una salsa de pimiento asado picante. Como guarnición unas patatas asadas de gusto fino, no toscas. La panceta estaba estupenda, sabrosa y de textura suave y delicada. El toque de vidilla lo aportaba la salsa de pimiento asado picante que recordaba mucho al mojo rojo. Muy rico.

 

La parte sólida dulce

Y, para finalizar, tarta de zanahoria (3 €), fresca con marcado aporte de canela y frosting cremosito; fina, delicada y acanelada.

Es la hora de la napolitana (3 €), masa de hojaldre casera, suave a la par que ligeramente crujiente en el exterior, perfectamente horneada, con crema de chocolate negro. La masa es destacable, al igual que la del croissant (3 €), que resulta leve y agradablemente delicado.

Y, por último, el cruffin (3 €), entre croissant y muffin, en este caso con confitura de frambuesa —deliciosa, con su acidez y su aroma típico a bosque rojo (oh, qué cosas más raras digo). Pero esa masa-mezcolanza es una cosa estupenda, un gran invento porque no es tan pesada como la del muffin tradicional, tiene áreas porosas que lo convierten en un pan asufletado, leve, que, con la confitura, resulta fantástico. Solo este bollo merece la pena la visita, aunque no lo tienen siempre y se acaba pronto, que conste.

Para rematar yogur con granola, fresas maceradas, pera y plátano (5,50 €): fresco, saludable y digestivo.

 

 

Epílogo

Del Misión Café destacaría, sin duda, la bollería, es realmente buena, casera, recomendable y se acaba pronto, así que hay que ir temprano. Los cafés no me parecen dignos de visita, tampoco por la relación calidad-precio. Y la parte salada resulta agradable para hacerse uno un brunch personal. Es elogiable, sin duda, el hecho de que traten de hacer todo ellos, véase el salmón marinado, la bollería, el kambucha… Eso, sin duda, tiene mérito. El ambiente a mí me resultó demasiado eclesiástico, místico o hipster: silencio y concentración.

En septiembre de 2017, en El País, decían que los hipsters habían muerto, yo no lo tengo muy claro.

Web: Misión Café.

El kombucha

Es un té azucarado (normalmente té rojo chino, pero también mezclas de varios tés), que se deja enfriar y que fermenta, a una temperatura de entre 23 y 28 ºC, añadiéndole un cultivo de acetobacterias y levaduras (que se denomina «hongo de kombucha» pero que, en realidad, no es un hongo, es un cultivo de aspecto blanquecino y gelatinoso). Es muy importante que los recipientes estén perfectamente limpios para su elaboración porque si no puedes crear una auténtica bomba atómica y, también, que la temperatura de conservación una vez realizado sea fresca para que no salgan Gremlins ni bichos de esos raros.

Su etimología, como siempre, tiene interpretaciones variadas y al gusto del consumidor: que si viene de China, del regalo del «hongo» en el 414 a.C. de un monje tibetano/coreano o chino (a saber) llamado Kombu al Emperador japonés de turno (Inkyo) el cual estaba enfermo y se curó gracias al mismo y a partir de ahí, lo típico, lo extendió por todo el imperio y le otorgó el Príncipe de Asturias del lugar al monje-médico. También dicen que viene de la denominación del alga kombu + cha (té). Aunque este «hongo», en principio, no tiene nada que ver con un alga. Pero los rusos también lo denominan «gran alga». Esto es muy raro. La etimología es un mundo loco loco.

Y, curioso, después de probarlo y escribir el texto hablando de que me recordaba a la sidra, me documento sobre el Kombucha y, ¡tachán!, el medio de cultivo tiene una acidez similar a la propia de la sidra. Me estoy aplaudiendo con las orejas con gran intensidad.

Dicen que es bueno para no sé qué cosas y que es malo para otras, como todo en esta vida.